Círculo gris

ÁLVARO GARCÍA-MIGUEL

Círculo gris

Casi como tres señoritas inglesas,

bebemos pulcramente nuestro té dando minúsculos sorbos para que dure, porque durante las dos próximas horas no tendremos nada mejor que hacer. Reposamos blandamente en una acogedora salita de la vivienda que ocupa el núcleo de un inmenso territorio cuyos habitantes, cuyos campos, animales, aguas, vientos..., engranajes atrapados en una máquina desproporcionada, giran todos en función de nuestros delirios. Con indolencia de mueble las cuerdas de un piano recobran la quietud abandonándose a su silente rutina. Su caja de resonancia, ensamblada entre gélidas brumas europeas, nunca ha vibrado al compás del tórrido trajín que circunda la casa. Si alguien un día decidió su costoso transporte fue precisamente para amordazar esos murmullos inquietantes que vienen de afuera, para apagar los abyectos chirridos que la monstruosa máquina emite en su funcionamiento sin pausas.
Hablamos para matar el tiempo, pero no es éste nuestro estigma sino la obstinada determinación con la que silenciamos el presente. Nuestro verbo ágil se demora en el pasado con cabriolas elegantes, intercalando a veces una pizca de futuro ingrávido, descolorido como una bandera gastada. Lo peor es que nuestras palabras ya no son más que un precario manto de pudor que disimula en cada uno el vergonzoso terror sin nombre que nos atormenta a todos. Y cada día resulta más y más difícil ignorar las mudas emanaciones que, intempestivas, caóticas y desmedidas, se cuelan por las rendijas de los postigos reforzados.
Nuestros ojos enrojecidos pasean una mirada boquiabierta por los tapices, por los espejos, los cuadros, las lámparas, muebles..., objetos que habían soportado el peso principal de la túnica de realidad con la que siempre habíamos vestido nuestras palabras, pero hace tiempo que sus colores, los de todos ellos, han empezado a agrietarse y en el fondo borroso que abren, con frecuencia creciente, vislumbramos un ajetreo que bulle, pulsante, como el de afuera. Aparentemente ajenas al hundimiento, nuestras palabras continúan sus piruetas por el pasado, y encuentran en la infancia un filón propicio para construir cualquier leyenda tranquilizadora. Cualquier asunto posee una infancia candorosa y velada sobre la que bordar primorosos recuerdos. También a veces hablando del amor pueden embarcarse nuestros discursos en prolongadas travesías. Pero cada vez menos. Los recursos se agotan. Cada vez es más difícil disimular lo evidente.
El ritmo de la conversación decae. También la luz se va. Un ocaso, no por muy anunciado menos inoportuno, se lleva la luz del sol.
Los sonidos se independizan. Se disgregan. La última palabra no la ha entendido ni el que la pronunció. Los ruidos toman el relevo. Al principio, su discurrir caótico e indescifrable no nos impide imaginar agrupaciones a las que otorgamos propiedades benéficas.

Como en un fogonazo, me doy cuenta del silencio. No recuerdo qué fue lo último que pensé. No sé cuánto tiempo ha durado este paréntesis. Miro alrededor y no reconozco la escena. Ni siquiera veo gente conocida. Son sombras. Me levanto, y me voy andando en línea recta hacia la puerta, subo las escaleras, entro a oscuras en mi habitación. Por la ventana se cuela el resplandor de la noche que ya ha llegado. Reconozco todos los objetos que adivino entre penumbras. Enciendo una luz y las tinieblas se apelotonan en la ventana. La abro. En su hueco sin fondo fijo los ojos y a tientas cojo papel y lápiz. La mano sigue no sé qué formas, mientras el cerebro piensa otras y los ojos miran para otra parte.

Coca, octubre del 99.


Volver a "Fetiches"