‘Preguntar’
<percontari=sondear el fondo con una percha o pértiga,
y es de suponer que no desde la orilla sino a bordo de esquife o de falúa,
y "escoltado por altas nubes rojas". El recurso al étimo no luce
por sí mismo malo o bueno, feo ni hermoso. El juicio que merezca
depende de tres cosas. Primero de su dosis --como cualquier recurso--,
aunque no se negará que un exceso viene a veces por consciente recurso.
En segundo lugar hay que ver si obedece a un alarde erudito o a sensata
paranoia respecto de aquello que actúa en la sombra (percontari,
y todo lo que arrastra --más a menudo lodo--, sin que lo sepas obra
en lo oscuro de un preguntar). Y, por último, es preciso conocer
si la llamada al étimo está al servicio de la curvatura y
la genuflexión ante el origen --v.g.: aquella vecindad
heideggeriana entre el Denk y el Dank, entre pensar
y agradecer; no fastidies, Martín, no me des gracias, y menos
a voleo; pero, por Dios, Martín, piénsalo bien, no agradezcas
de mano y con la excusa floja de un sonsonete huero:
agradecer el
qué y a quién, si a lo que invita de verdad pensar o haber
pensado (sopésalo tú, si no lo crees) es al denuesto o la
venganza--, o bien saber si el étimo se invoca, como es debido,
por exigencia de una razón violenta. Una violencia legítima
contra las sombras sangrientas que eructa el sentido cuando lo dejas
a su aire: Pueblo, Dios, Patria, por citar apenas la triple cabeza de la
hidra, aunque es millón o más el de sus pólipos.
(Razón violenta, qué menos frente a la memez armada,
no componenda ni blandura ni hermenéutica cómplice. Razón,
por tanto, diabólica o diabálica, que para símbolos
y chanchullos se basta y sobra la fábula del mundo.)
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