E-texto

 

Felipe Núñez, "Un lugar bajo qué cielo",
Revista Cuadernos del Matemático, núm. 21-22 
diciembre 1998, págs. 229-231
 

--Nos hemos perdido.
--En realidad no nos hemos perdido,
lo que pasa es que no sabemos adónde ir.
(Diálogo entre un troll y otro troll en El Nuevo Mundo de los Gnomos. La conversación tiene lugar en cierta encrucijada de galerías subterráneas.)

 

Diálogo es un concepto imposible, pero sólo en el modo nada negador en que se dice ‘imposible’ de alguien, no de algo: ‘Fulano es imposible’. Mientras ocurre eso imposible, y aun cuando afecte urbanidad y guarde formas, no hay propiamente diálogo, sino barullo, porfía en el error, malentendido abismal, resonante máscara --aunque peor si el cabezudo enseña el feo rostro que hay debajo--, inconmensurabilidad entre las voces, mala fe, mentira abierta, reticencia, "deseos delincuentes", desvarío.

[En toda recriminación, en el énfasis propio de una censura, se disimula su motivo, se da por descontada la consistencia del mal que se imputa. Se supone disponible y evidente su criterio, cosa juzgada la teodicea de base (o resuelta su ausencia). Para pocos reproches --uno entre mil, o menos-- tal evitación de su lógos es legítima, es debida, y elegante, economía de medios. Eso tan infrecuente recrimina bajo cierto derecho al reproche del que no da cuenta, a su vez con derecho. Cuando es así --y se ve enseguida--, calla tú, necio, y arrodíllate y acata. Después vete corrido, con el rabo entre piernas. // En la tacha que se pone --salvo en aquel caso milésimo--, se oculta siempre la decisión que la sustenta como tacha, se encubre su carácter de elección radical, sin fundamento, indemostrable, en pie de igualdad con su arbitrio contrario. Pero iguales, mal y bien, sólo lo son en su rasgo compartido de electos (lo que no es poco a ese efecto igualitario, no poca excusa para el ‘todo es igual’, para el ‘nada es mejor’). Tal no significa indiscernibles ni tocayos. Mal y bien lucen, con todo, contradictorios, opuestos. Su diferencia resplandece. Cabe, por tanto, escoger o uno u otro. ‘Nada obliga’, se dice, pero se quiere decir: obliga, aunque no fuerza. Eso separa al mundo en dos, lo divide con un tajo perfecto, nítido, sin grados intermedios, sin frontera espesa ni habitable, sin vaga zona gris (tan alabada, donde todo lo pardo halla refugio, donde ya no más a lo pardo lo atormenta ningún alarde polícromo --te veo: no quieras deconstruir ese par pardo/polícromo, pues ni el uno es centro y ni el otro periferia, ni aquél se prefiere ni éste se relega--). Queda así a un lado de esa línea neta --como la que separa luz de sombra en los sueños, ¿te acuerdas?, "te tienes que acordar"--, queda de un lado todo aquello para lo cual el obligar obliga, y al otro lado queda --"¡pobre!, ¡pobre!", como dice Vallejo-- todo aquello que no, aquello para lo cual el obligar lo obliga pero no lo fuerza. Este segundo sector de lo real (que no es su mitad, ni mucho menos; es trozo mínimo, esquirla que separó aquel tajo, y entonces, quizá mejor que tajo, fue golpe basto que con la esquirla sacó chispas; morrón rudo y sin filo que propinó quién sabe quién ni con qué objeto; tal vez algo retráctil, más rápido que el ojo; algo así como el ser que se oculta tras aquello que aparece, aquello que Él o Ella o Ello --epiceno es el ser, y eso lo mata-- empuja a la apariencia, ásperamente, sin pedir permiso; si no, sin empellones, ¿de qué tanta aparición ni apariencia?, ¿quién le mandaba?, ¿qué necesidad había de todo eso?: así la traducción cotidiana, concreta, del pensativo y mundial "¿por qué hay algo y no, más bien, nada?"; o como lengua de camaleón, y entonces viscoso y húmedo, aunque no --como sí una lengua-- blando, sino inflexible, contundente; ni --tampoco como lengua-- ensalivador, digestivo, voraz, sino impelente, tundidor; ¡menuda pieza!, para que luego se diga, encima, "¡oh, tú!, ¡oh, tú!, el muy misericordioso, el compasivo"), ese plano segundo, aquél en que un obligar obliga pero no fuerza, no coincide con el ámbito del hombre, ni en el espacio humano ni tampoco en su tiempo. Coincide eso, acaso, con un fragmento diminuto suyo, una rara modalidad de lo humano, un subconjunto del hombre fluctuante, encerrado no por trazo sólido sino con discontinuos raya-punto-raya-punto, por cuyo resquicio su elemento escapa y otra vez ingresa, pero no, por cierto, a capricho, ni por arrojo ni deliberación, sino más bien por movimiento browniano o baile de San Vito que no advierte siquiera --el que menos-- quien lo sufre. (Hay quien afirma que lo que oscila y vibra es el dibujo, el esquema conjuntista, la carcasa, la cáscara, no el elemento inmóvil que aquel morse mal encierra. Y dice luego de sí, ufano, que él es relativista. Cuando le aviso yo, sin prisa, que ese rótulo --‘relativista’-- se da de tortas con la tesis concurrente de un movimiento absoluto --una jaula vibrante con yerto pajarito--, a más de enrojecer --pero el rubor le viene por otra secreta cosa, no por esa objeción--, concede que sí, que bueno, que se mece el diagrama y también su elemento, aunque nunca al compás, y que aquel desacuerdo da cuenta de los fortuitos ingreso y egreso.) Se mueva lo que sea que se mueva, es la zona insólita del sujeto moral, aquél al que se llama por su nombre contrario --esa frecuencia--, por cuanto nunca es nadie, cuando moral, sujeto, sino suelto, y de tal suerte suelto, tan libre de cielo y suelo, tan desurdido de frente, dorso y flancos, que mueve a vértigo, --primero a él mismo, pero también a quien, atónito, lo mira desde lejos-- : aquél que puede no elegir un mal que lo obliga sin forzarlo. // Ahora bien, no es ése un rasgo permanente ni es tampoco recia ganancia del sujeto-suelto. Es estado frágil, y estado de desgracia, anomalía y rareza por fortuna ni firmes ni abundantes. Envenena, sí, por un rato la frutal merienda de la ciencia del bien y el mal, pero no imprime carácter ni daña para siempre. Sana pronto, sin secuelas. Le ocurre a un hombre, de vez en vez, que huella aquel paraje --no central, como se cuenta: periférico-- en que puede elegir. Si elige mal, nunca confesará que estuvo allí, aunque se le señale, inconfundible, la impronta gruesa de sus pies sobre el barro blando (una estampa horrorosa que nunca borran lluvias, por más que haya llovido desde entonces). Sea como fuere, sólo un auténtico monstruo habitará de fijo, nunca nómada, la comarca siniestra de la elección posible. Sólo una bestia doliente --a quien sus (no tan) congéneres rehuyen, y lo fuerzan a tañer campanillas, sin que se sepa lepra o sarna ni otro eczema--, sólo un mal bicho será moral a todas horas, e incluso cuando sueña (y más aún --lo sé--: también bajo anestesia o sobredosis). // En cualquier caso, solicita atención eso que se hace objeto de reproche, eso que se dice ser o torpe o feo o malo (aquí la imposibilidad no negativa del diálogo, su despliegue de hecho en error, mentira, violencia, etc.). Todo eso merece un arabesco lateral. Pero, quizá mejor, merece un retorno al comienzo, un bucle nada melancólico, sino erguido, erecto, heroico, pues arroja lejos de sí el arma de una censura que siempre ahorra la indagación de su criterio, y no importa si es reproche cínico o solemne, qué más da que se indigne o sonría de lado o que afecte fatiga: siempre sin norma. El mal adjudicado, su etiqueta puesta, pide inmediata exégesis de su hecho y su valor (cuando quiera que puje --rara vez-- tal urgencia de luces sobre el énfasis que la silencia). La tesis del mal reclama aclaración de su inestable estatuto ontológico, un embarazo viejo: ¿será el mal entidad o más bien privación, o algo tercero, etc.? Y exige explicitud de su conveniencia paradójica, de su carácter necesario para una vida digna de su nombre, ni ameboide ni angélica: ¿qué sería de nosotros a falta de eso deplorable? Sin ausencia ni muerte, qué pálido un mundo también sin elegía ni jarcha ni epitalamio ni blues ni endecha. Sin error ni mentira ni violencia ni desatino ni olvido, qué gris y plano un mundo también sin cárcel ni hospital ni manicomio ni escuela. En defecto de Dios o Pueblo o Tribu o Patria --esos acúmulos eminentes del mal--, qué grande pérdida de acentos, danzas, salmodias, indumentos, guisos, emblemas, lustrosas máquinas de guerra, palacios, templos. Sin frío ni lluvia ni sol abrasador, cuánta merma para la arquitectura. Sin desamor, qué detrimento de poemas, nocturnos y sonatas. Sin todo ese mal en junto y en esencia suya, ¿cuál, entonces, la filosofía? ¿Qué literatura o arte sin su pormenor maligno, sin el dibujo de su detalle? // Preconceptual, prelingüístico: eso es pasión sin nombre, brega entre sombras sin contornos. Hasta que emerge esta palabra, la primera, un grito que es resumen y catarsis del bullir preteórico: ¡Mal! Por ahí se empieza.]

Si sucede un acuerdo, si sobreviene la luz --no, desde luego, por mérito de un diálogo tal como descrito: barullo, error, malentendido, etc.--, entonces menos aún hay diálogo. Hay, por el contrario, lo que hay, o lo que ya había, impávido e idéntico mientras tuvo lugar aquel diálogo imposible. (Hubo también, seguro, gloria y horror en los extremos de su cimiento no imaginario --un plano que es yacente respecto de aquel otro espumoso, sobrepuesto, acróbata, del diálogo: el plano de lo real, el plano de la vida, si ‘vida’ y ‘real’ no aludieran, como aluden, a sus perfectos contrarios; si no goteara, hasta reblandecerlo, sobre ese pavimento, al cabo no tan sólido, la espuma incontrolada de un diálogo imposible--, y en medio, entre gloria y horror, la tenebrosa tierra de nadie, la materia común de los días, sin horror ni gloria, pero siempre bajo su inminencia y su amenaza: el espectro amplio de todo lo que pierde quien participa en el diálogo. Aunque no menos --no menos eso pierde-- quien así lo delata o lo maldice, como es el caso.)

Que no hay lo que hay: tal afirma, y a coro, la global hermenéutica (tal expulsa a presión, por detrás, como un orín de mofeta que por exceso de su estímulo ya ni irrita ni hiede). Que, de haber algo, hay sólo esa sombra descomunal que proyecta la espuma del diálogo. Pues lo que hay pide una voz sola que lo repita, y, por tanto, monólogo, plegaria. Y, si son voces muchas, son muchas, a lo más, al modo en que redunda un orfeón --y si dicen lo mismo, para qué voces tantas; dejadme sólo a mí, que va por todos--, y no como diálogo. O bien implica ese callar que siempre exige en vano, taciturno, lo que hay. O implica el actuar en consecuencia. Nunca diálogo. (Si a eso se quiere llamar diálogo, hay diálogo en el comercio, gratuito u oneroso, de los datos, o en la mutua exhibición de irreductibles perspectivas: me gusta, no me gusta, lo veo, no lo veo.)

Si lógos significa casi cualquier cosa, menos la cosa misma (casi como la res latina, pero justo al revés; lógos y res: cada cual a su modo lo significan todo, menos, respectivamente, res y lógos;sólo del mono miserable --y en su caso del marciano, del alien, cuando quiera que venga--, sólo del propiteco triste, o de su hueco hermano sideral, podrá decirse con verdad que es a un tiempo res y lógos), si lógos significa incluso su contrario --esto es, cuento chino--, entonces sí hay diálogo. Hay lógos expedito, franco a su vano merodeo. Diá-, en diá-logo, tiene el sentido entonces del mero ‘entre’, y para largo. Ahora bien, si diá- sugiere travesía y su destino --destino ahí como destination, no como destiny, terrible cosa-- (ojo, sin adorar ese camino; mejor que no lo hubiera, mejor que ya el destino habitara entre nosotros, sin su esfuerzo dialógico, sin viaje enojoso), si a través del lógos se accede a algo verdadero, bello o bueno, o todo lo contrario, entonces no hay diálogo. Y no lo hay no por imposible (como se dice ‘imposible’ de algo, no de alguien) sino por impracticable, por su enorme obstáculo. ¿Qué más posible y natural que el diálogo? Es sendero, cuando no via regia, que conduce desde la facticidad hasta la validez, al lugar donde todos reconocen, de corazón: "es verdad", "ya llegamos" (tal, y qué fácil --así, cualquiera--, un diálogo platónico). Ese destino, que ojalá fuera paraje, es remedio del mal de la historia, sedante de su agitación. La historia es tren de la risa, no tren expreso hacia cualquier destino, ni tren del miedo con su coco falso. Pero tanto meneo sin avance, muchas veces vuelve mueca la risa.

(Cuando lo encuentres, como quiera que se llame, di a tu prójimo: "necio, mira esto y ponte de rodillas". No consientas al respecto diálogo.)
 


 

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