E-texto
 

Felipe Núñez, "Compartimentos no tan estancos",
en: Arte con la Naturaleza / Percepción del Paisaje,
Salamanca, JCYL, 2000, ISBN: 84-7846-909-5
págs. 85 a 89





Recapitulemos y hagamos balance, como manda el milenio: no sería justo negar que en doscientos años se ganó un ancho espacio de libertad, o no reconocer que esa zona libre avanza y, según dicen, se globaliza (aunque sólo sea porque su ensanche interesa, y así se amplía la base de clientes y crece el mercado potencial). Afuera, en las plazas públicas, hace dos siglos rodaron testas coronadas, y los ídolos dieron en tierra con estruendo, y se vio que eran huecos. Y adentro, en las cabezas, en los pechos y en los vientres de los hombres, el pensamiento pidió los papeles a las ideas, a los afectos y a los apetitos --de tal se acusa hoy a las luces: de pensamiento policiaco--, y, de resultas de esa pesquisa, la razón expidió salvoconductos a unos pocos, y expulsó a la tiniebla exterior a todo elemento indeseable e inmigrante ilegal, y encerró en gruta honda a algún nativo hostil e indómito (que a veces aún llega hasta aquí su bramido y se siente el coletazo de su pulsión de muerte y de su anhelo violento de servidumbre). Y sólo entonces pudo reconciliarse el fuero interno con la plaza pública, y se creyó ver que coincidían certidumbre y verdad.

Lo reconozco: se abrió un espacio de libertad y cada día se ensancha y se globaliza. Pero también es cierto que ha sido ésa una libertad para nada, o apenas para que ya no se nos cape y ahora sólo se nos escupa (que no digo que sea escasa la ganancia, y yo me apunto, sin dudar, al salivazo). Ahora bien, yerra el que piensa que hay arreglo y que lo que falta es un mejor reparto (y de hecho falta, pero no es eso, no es eso lo que falta). Si se repartiera entre el pueblo lo que acapara el opulento, sería un prorrateo de la misma mugre de la que ya el pueblo goza. Ved, si no, a qué dedica el magnate su millonada: a lo mismo que el pueblo destina su magra paga, pero más. Porque el mercado no ofrece otra cosa, y otra cosa y una vida más alta era lo que pedíamos y esperábamos cuando el candor reinaba. Y si se expropiaran, no ahora los bienes tangibles, sino el intocable poder y el inmaterial tiempo de ocio, resultaría que ya tiene de eso el pueblo su cuota. E igual disparata quien considera, y con razón, que lo que falta es que se llame a esta cena de las cenizas tóxicas a todo el género humano, y no a su quinta parte, como es todavía el caso. Y lo mismo desatina el que cree que falta (y vaya si falta) respeto y piedad por el jardín que usamos de albañal (y no acabamos nunca de hacernos cargo de que no hay otro jardín que éste que destruimos, y que el veneno y la escoria que sacamos por la puerta vuelven por la ventana).

Con nada de eso --por más que urgente y necesario-- se llenaría la zona expedita y despoblada que a la vida le abrió la libertad. Demasiado teatro para tan poco libreto, la libertad lo ha sido para nada: para una vida insuficiente y un cotidiano trato con sombras, errores, fraudes, simulacros y simplezas. El baratillo mundial de bagatelas y nulidades (envalentonado ahora porque ya no le apuntan a su cabeza hueca mil misiles balísticos) se menea frenético y se ríe de aquello que un día fue santo y seña de los buenos. Así, un trust bancario hace su propaganda con este eslogan blasfemo: “libertad, igualdad..., rentabilidad” (¡y no hay Jomeini que lo acongoje con una fatwa!). Y cierta sujeta emancipada medita en off: “¿qué estoy haciendo con mi vida... y (o sea) con mi dinero?” Y todo eso se adereza en los ectoplasmas mediáticos con muchas muecas, risas tontas y contorsiones payasescas que luego reproduce el mono de imitación que somos.

¿Qué sería una vida más alta? Lo primero, no lo sé, pero la pido (porque falta). Y lo segundo, lo sé: sería la reunión y el mutuo aumento de lo que en nosotros los hombres es simple y sin palabras: el amor; y aquello otro que es complejo y lleno de historias e historia y signos variopintos: el espíritu (un espíritu que no es la materia, pero que muere con ella). Ahora bien, el mercadillo global de las sombras no puede tolerar lo complejo del espíritu ni consentir que las almas de los hombres se eduquen en el gusto de la complejidad, ni impedir que el amor venga a caricatura suya, apta para “el imberbe del alma” (que decía Valente). Porque, si permitiera eso, dejaría en el almacén, invendibles y mostrencas, nueve partes de diez de sus torpes mercancías.

(Me dice Vargas Llosa que no pida una vida más alta para todos, pues pedirla para todos fue antaño causa de mucha sangre. Y añade que a la parte mayor de tales todos, maldita la falta que les hace una vida más alta. En suma, me recomienda que me las apañe en privado si es que no sé gozar de esas sombras estupendas --que algo tendrán, pues se venden como roscas--. Y, la verdad, así lo hago, fuera de este lugar inoperante de los textos. Pero aún me tienta la guerrilla, Vargas, porque tengo por vago imperativo categórico el no darme por salvo si no están todos a salvo, e incluso los perdidos para siempre.)
 
 

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Parecía que el arte iba a amueblar la explanada que a la vida le abrió la libertad, pero no. O sólo a medias, o se quedó en amago. Si en un lugar hoy reluce y trabaja a sus anchas el imperio de lo falso, tal es en el mundo del arte. Ahí todo vale y nada es peor, y ni siquiera funciona el criterio del gusto --maleducado adrede-- de las muchedumbres. Ese criterio (ancho) rige y vige para su hermano mayor, el show business, pero, en el ámbito de las artes cultas, ya el público está avisado de que su juicio de gusto no va a coincidir con el valor ni con el precio, valga la redundancia.

(Sobre mi derecho al uso de la facultad de juzgar --que me lo están tocando las hermenéuticas y otras pérdidas del juicio-- y sobre los modos y grados de falsedad en la obra de arte y en la experiencia estética --en el ojo y en su objeto--, me he extendido en otro sitio, o más bien site: http://personal1.iddeo.es/ret000s6/conferencia.html. Y a lo dicho me remito.)

No es que piense yo que no quede ni una traza de criterio real que permita poner a un lado lo falso, pero los datos para un tal discernimiento son cada día menos visibles y están menos presentes en la obra de arte misma, y, si están, están en otra parte, fuera del marco. Eso es así hasta este punto exasperado: si imaginamos dos obras de arte perfectamente idénticas e indiscernibles, y coincidentes entre sí molécula a molécula, podría ocurrir que la una fuera fraude, sombra y simulacro, y no la otra. Y no porque la una resultara ser copia o falsificación de la otra, ya que ése es un criterio falso de falsedad. No así, pues no sería impensable que fraudulenta lo fuera la obra original y que la copia viniera en su rescate. Para localizar la falsa y ponerla aparte, habría que mirar fuera del marco.

Ése es un caso extremo e hipotético, pero ilustra bien sobre lo inestable y tentativa que hoy se muestra la mirada sobre el arte, y lo poco que se puede esperar de un repertorio de gestos plásticos ya agotado. De primeras, al arte lo miro de reojo y nada alerta, pues es sabido que al aura se la llevó un golpe de viento y que la obra de arte ya no devuelve la mirada. Sólo así y sólo pocas veces, percibo un destello vago de algo que no es traducible a palabras (si no, no sería arte, sino texto) y que me invita a la atención. El siguiente movimiento consiste en dirigir la mirada hacia las periferias de la obra: al autor y a su ancha circunstancia en el espacio y en el tiempo (previamente retirada la sábana que sobre tal derredor tendieron los estructuralismos). Con lo pescado en esa orilla y aledaño, regreso al interior del marco --o al límite de la instalación o el instalache--, donde ya veo más cosas que aquel brillo impreciso, y cosas ahora más decibles. Y vuelta a empezar, de suerte que poco a poco se va inflando el globo al que llaman círculo hermenéutico.
 
 

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Algo así me pasó con la obra de Florencio Maíllo. Una tarde de abril, en el palacio de Abrantes, me hicieron guiños, de ésos indecibles, las retículas grises y ocres que Maíllo agrupó bajo el título Secreto artificio. Después de un breve paseo por las periferias y del consiguiente regreso al marco, supe que aquellas señas no eran en vano y que la atención que pedían la pedían con derecho. A primera vista, en las desestructuraciones exactas de Maíllo, lo que había era un gesto soberbio: rara perfección, absoluto control de un proceso y una fábrica que se adivinaban árduos, casi titánicos --en más de un sentido: enormes y prometeicos--, y que lucía desde luego en un resultado sin fisuras, porque era, a la vez, un resultado deliberado y necesario. (Cosa parecida a la vieja paradoja de Dios, con perdón: que no puede sino elegir el bien y no pierde por ello albedrío ni poder.)

Tras varias idas y venidas de dentro afuera y viceversa, también supe que la necesidad y el dominio simultáneos de Maíllo son totales y no se reducen a su lugar evidente: la forma geométrica (una geometría que, encima, ha sido rota, y contrariada su fórmula y su álgebra, y vuelta a encajar, tras su rotura, en el modo justo que ha querido Maíllo, y que, de nuevo, no podía ser otro; y todo eso es un gesto doble y añadido de dominio, una vuelta de tuerca que se detiene justo al borde del trasrosque). No, la deliberación y la necesidad no se limitan a la forma geométrica. Afectan también al lugar propicio del azar y de lo informe, de aquello que debería crecer a su aire: el límite y el espesor de los óxidos sobre las superficies, o el verdín, que no avanza más ni menos que lo que Maíllo le consiente --y a ese efecto conoce pócimas, ungüentos y mezclas, y vigila cada día que no se le desmande--, o a los resquebrajamientos, los gránulos, las erosiones, las vetas y los deslucidos, que van por donde él decide y es preciso que vayan. Por eso hay que tomar cum grano salis esa exégesis frecuente de la obra de Maíllo (y que es también su autoexégesis): que la materia viene al cuadro. Es cierto, pero la materia de Maíllo no es la de la “física”, no es la del brotar, crecer, fluir y degradarse que lucen en el étimo griego de  la física. Es su materia, y hace lo que él dice, pero que, de todos modos, no podría dejar de hacer. Y, no sé si sin querer, no en vano a su siguiente serie la llamó Maíllo Naturalezas serenas, es decir, serenadas a fuerza de dominio, y esta vez el dominio lo extendió desde lo pétreo hasta lo vagamente vivo, vegetal y miasmático.

Tanta autoconciencia, tanta demiurgia local, la falta de un solo titubeo ni una sola vía de agua, tranquilizan a la vez que enmudecen. No hay nada que decir. Sus series abrumadoras tienen su propia lógica y su criterio interno, y a ambos los sigue rigurosamente, y la ausencia de grietas impide meter baza. Si cupiera alguna objeción, no lo sería a la obra misma, sino a la tradición pictórica de la que procede. En su orden de cosas, esta obra es, que yo sepa, alta cumbre y remate y no va más, y me extraña que no ande rodando por los MOMAs y las Galleries (pero los designios del mercado son inescrutables). En eso le pasa a la obra de Maíllo lo que a las ciencias duras: que en su interior son inmunes y amuralladas (y la metáfora científica y fabril le conviene también por otra cosa: porque lo que deja ver la obra de su propio proceso y fábrica, huele a humo y sugiere el brillo del sudor sobre la frente y el rugir de las máquinas).

Dentro aún de la perfección inatacable --que luego veremos qué rendija reconfortante ofrece--, la obra de Maíllo se resiste a la falsedad insidiosa en todos sus grados y modos. Se detiene siempre un centímetro antes del automatismo y la autoimitación, y, visto ese peligro, Maíllo cambia de serie. Se para justo al borde de lo decorativo y lo benévolo. Lo biográfico --tan repelente-- anda por detrás, como es su obligación, o se agazapa en los intersticios, y no viene nunca a tema obsceno de la obra. No hay, o al menos no se ve, nostalgia ninguna del relato, tan común entre los artistas de su tradición, y, si es así, que la abandonen e ingresen en la tradición narrativa, que no pasa nada ni nadie los va a regañar. Lo lírico tiene su justa dosis: ni empalaga ni amarga. Hay completa conciencia de que el deseo de inscripción y la enemistad con la representación --también rasgos de la tradición en que se inscribe-- no se pueden satisfacer plenamente sin salir del mundo del arte: aquellos objetos específicos, más apropiado era dejárselos a la fábrica de electrodomésticos. No abjura, por tanto, de la ilusión ni de los efectos de profundidad, de arquitectura, de flora o paisaje. En la maniera, la mano y el estilo (evidentes) falta, como debe, la voluntad de estilo, y son cosas que están puestas por el ojo que contempla, y no inscritas en la obra.

Y con todo y eso, en esta corta serie denominada Compartimentos estancos, paradójicamente se pueden observar dos vías de agua, dos desmentidos parciales del dominio de Maíllo, dos descansos de aquellas series agotadoras por lo exacto. Sobre sendas persianas tomadas del mundo sin remilgos, Maíllo pincha objetos azarosos, felizmente inadecuados, rebosantes de azar, de óxido vivo y pliegues imperfectos. Pincha objetos ajenos a cualquier necesidad o álgebra, e incoherentes con su fondo por lo que atañe al color y a las formas. Y pincha, e incluso crucifica, como si levantara la mano contra sí mismo, alguna de sus propias retículas, resto que era de una serie previa. Es verdad que la tercera persiana, mediante cierta uniformidad metálica sobrepuesta, reconduce al orden. Un orden que se restaura ya del todo en la trilogía que completa ésta que podríamos denominar “pseudoserie” (y es tanta la reposición del orden, y la vuelta a las andadas, que la mencionada trilogía, vagamente arbórea, parece pedir a gritos una cuarta porción y complemento suyos, que de hecho existe, y no ha sido expuesta por problemas de espacio.)

Lo cierto es que en el taller de Maíllo abundan los objetos de esa naturaleza doble y azarosa: atados mazos de cañas, ovillos de alambre, residuos de un prensado, tentativas y abortos que no son para ver ni exponer, pero que Maíllo conserva y exhibe de puertas adentro. Sólo en esta ocasión, que yo sepa, algo de esa naturaleza ha visto la pálida luz de las salas. Un amigo me dijo mientras mirábamos, y yo estuve de acuerdo: “ésos no son maíllos”. Ahora ya no estoy tan seguro.


 

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