E-texto


Felipe Núñez, "A fugitivas sombras doy abrazos",
Revista El signo del gorrión, núm. 17, invierno 1999
págs. 65 a 72





Idea y materia, lenguaje y mundo, representación y cosa, sentido y ser, conocimiento e interés, ideología y verdad: hay muchos modos de decir esa oposición elemental, quizá la que más y mejor reduce lo complejo a lo simple. Rompe en dos lo que hay, pero lo rompe por su hendidura manifiesta, por su falla evidente, no a capricho, y lo rompe con fractura más que ninguna rica en consecuencias. Y no sólo teóricas, a veces va la vida.

Brota pronto, sin embargo, una asimetría irreparable (1): tanto la expresión como el objeto de aquellos pares opuestos (idea y materia, lenguaje y mundo, etc.) caen ya siempre del lado de la idea, nunca son cosa. Cosa e idea, sea que vengan en pareja o cada cual por su cuenta, resultan ser siempre idea.

[‘Tanto la expresión como su objeto’: ahí se toca fondo duro con la percha del preguntar (2), ya no más el cieno hueco de costumbre. (Aunque bien es verdad que ‘fondo duro’ significa que un fondo duro falta, y que me río yo de someras escilas y caribdis, cuando quiera que lo que espanta de verdad es la sima sin suelo que hay debajo.) Eso quiere decir que, por ejemplo, no sólo será ideal, ideológico, un materialismo --tal se le nota enseguida, resuena en sus sílabas que es idea de idea--, sino también idea la materia misma de la que el materialismo se reclama, idea lo denso, pesado, e impenetrable a que remite. Y, aún peor, sólo algo menos es idea, pero lo es si bien se mira, un grumo concreto de materia: esta piedra que sopeso (ahora sin amenaza, pero no te relajes) o ese gato, al que ya nunca más sin recelo se dirá "gato, gato".]

No otra la excusa, y no sin causa, de los polimorfos idealismos, a cuya falta la habitación del mundo es braceo entre sombras, y toda vida deviene biografía, y el amor y la muerte palidecen. A cuya falta, aunque también bajo su amparo lúcido: eso es así sin remedio, sea con la conciencia o sin ella de la hegemonía de la idea, con o sin noticia del carácter horizontal de la cosa. (Igual que un horizonte, la cosa se te aleja en la medida misma en que la acechas, o quizá un poco menos, e incluso, si me aprietas, mucho menos, pero se aleja siempre de tu acecho, como sin fin se alejaba de Aquiles la tortuga. Impensable, pues, la caza ni el sorpasso de esa pieza, salvo por mística mendaz --valga el pleonasmo-- o por realismo ingenuo.)

En términos de razón práctica: no hay distancia real de Quijote a Quijano. El uno amanece a su fábula íntima y el otro a la común, más peligrosa, por cuanto aparenta no ser fábula. Si la moraleja del Quijote fuera el provecho de la sujeción a lo concreto, caería entonces por su base, por ese pie de barro blando. Mirad qué flaca garantía de la concreción y la entidad de aquel mundo público de vigencias anónimas: Sancho. El sombrajo precario del mundo se tiene solo, es tentetieso, dominguillo. Ni lo afirma Sancho --que nada entre dos aguas y vacila entre dos fábulas-- ni lo apuntalan el Bachiller, el ama, el cura o la sobrina, ni la legión de figurantes --a la verdad de un mundo no la avala el número de sus fieles creyentes ni su fe verdadera--. Por dibujado adrede, porque lleva firma, más parece estable y coherente, menos postizo, el delirio del hidalgo pálido. Y más real su amor por Dulcinea, de tanto que es amor deliberado y construido (si hay que dar crédito al verum ipsum factum (3)). En el escalafón de locos desvaríos, va a la cabeza el apetito de Sancho por su ínsula. Ése sí sombra y sueño, y, por mucho que unánime, nulo y falso (no ‘nulo y sin vigor’, porque el vigor y la eficacia constructora de mundo son sus rasgos).

Pero ambos, o los tres --Quijote, Quijano y Sancho--, perdidos en el espacio virtual que abre una tercera, célebre fábula, una tan acabada y perfecta fábula que viene de hacer las veces del mundo y de su fábula (no se nota si hablas del modelo o bien de su retrato, ni se sabe, por cierto, qué es retrato y qué modelo, no los distingue su común condición de virtuales). Y aquí a su vez reunidos --Quijote, Quijano y Sancho-- en esta frágil cuarta rala humareda, y así sin fin, sin que se sepa límite. No hay frontera por arriba, no hay techumbre que detenga el ascenso del humo --sólo al humo se superpone el humo--, no hay orilla para el regreso indefinido de la alusión. (A ese añadido sin freno de lo nulo a lo nulo, le sirve de alegoría concreta la muñeira, que hasta el vómito no cesa de sucederse a sí misma. Es muñeira inacabable la fábula del mundo.) Ni hay tampoco suelo, no encuentras borde por abajo, en vano tienta la percha, no tiene término la retirada infinitesimal de la cosa. Y delante y detrás, y a los flancos, niebla. De eso --y no hay más ni mejor, es lo que hay, lo que te abofetea al despertar--, de eso dice Foucault que es fuerte, ameno, suave, insidioso, universal, etc., y que toda censura suya será nefasto ‘procedimiento de exclusión’. Que venga Dios y lo vea (aunque mejor que no, no sería perito imparcial de la ruina de una mole su arquitecto).

Ahora bien, bajo aquella conciencia ardiente de lo nulo de todo --pero a la vez conciencia de los grados y modos de tanta nulidad--, al poder de la idea se le pone coto, cuanto se pueda: poco. O no importa si más que poco es nada, qué más da si al final se revela como inútil forcejeo. La resistencia y la negación no exigen, para serlo, eficacia.

"Sin íntima certeza, yo no puedo vivir", exageraba Husserl. Y Vallejo, pero no tan explícito: "¿Quién no escribe una carta? ¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído? ¡Yo que solamente he nacido!".

‘Llorar de oído’: que hasta lo que se tiene por menos líquido --y así se suele presentar al llanto, cosa maciza, espesa, a pesar de la humedad que evoca: "el doliente como paradigma de lo real"--, que hasta eso presunto archirreal es gaseoso, que está puesto y no dado, que es sentido y no ser, que se aprende de oído y de oído se interpreta. (Aunque peor cuando lo aprendes por solfeo, cuando ejecutas su partitura triste. Suena entonces como lamento impostado, seco. No es distinto el llanto en que instruyen los libros.) Vallejo, desde su altura y pelos, igual pudo haber dicho ‘morir de oído’, pues es el caso que así se muere las más veces. Ni siquiera la muerte fuerza a un trato penúltimo con lo real. Tarde, a destiempo, pero ni siquiera. (Lo cierto es que la muerte sí que obliga a ese comercio postrero con la cosa: obliga, aunque no fuerza. Deja elegir.) Al revés, suele la muerte ser ocasión de un rebrote virulento de la idea, y en su forma más necia. Sabedores de eso, al reo de muerte lo asedia un coro de oficiantes de la idea majadera.

‘Solamente nacer’: era nuda posesión de la vida, no plena propiedad suya, y no hay plazo de uso que eleve la posesión a propiedad. Falta todo lo que al nacer le sigue, y lo colma, y lo hace posible: "¿quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?, ¿quién al gato no dice gato gato?". Que las vísceras no vierten a la sangre ciertos jugos sedantes, alcalinos, sino un como salfumán que abrasa --apenas va a brotar, nonato-- todo aquello que al nacer le sigue.

[‘Solamente nacer’ es, por tanto, el contrario perfecto, rotundo, sin decimales, de un ‘saber vivir’ que hoy medra y se contagia, y que avanza como mancha de aceite del centro a los extremos. Es plaga nuclear, capitalina, neoyorquina, romana, berlinesa, madrileña. (Quedan a salvo, de momento, Londres y Oslo, y Estocolmo. Allí se sabe, y de antiguo, que no se sabe vivir, ni por mientes.) ¿Cuándo supo vivir quien pinta o talla o piensa o canta o da en poema? Porque no lo sabe (vivir), ni de broma, por eso pinta o canta. Por eso mismo, incluso, dibuja un croquis perfectamente inútil de la vita beata. Si no, ¿de qué? Pinta o piensa o canta lo que cree que le falta, o a veces sólo que le falta. No se confunda esa sapiencia de la vida con su versión común, popular, su protomadre mundana, su espurio pedrigrí: aquella (de Azúa) jovialidad imbécil que promueven con sus ectoplasmas los media. No, ésta del culto y el artista es cosa seria. Es tema, tesis, es grumo consciente de sentidos --inconsciente de serlo de sentidos grasientos--, es noticia que vuela y va de boca en boca: "¿sabes?, ya sé vivir". Extravía y vidria la mirada en la dirección de lo zombi, lo mismo que hace la jovialidad imbécil, y, al igual que ésta, también relaja las mandíbulas --quien no sabe vivir, por el contrario, hasta el crujir de dientes rotos aprieta las mandíbulas--, pero el ‘saber vivir’ añade un rictus, una sonrisa lateral, como de estar en el ajo. No saber vivir es don --o pena cruel, según se mire--, pero desaprenderlo es mandamiento.]

Y no menos pudo decir Vallejo ‘amar de oído’, pues el oído y lo oído dan cuenta de nueve partes de diez del amor, y sólo a su décima porción la explican la piel y su tacto. Que lo que es idea y humareda en el amor cobre forma de sentimiento: eso no atestigua su verdad. Es fácil admitir que en lo que atañe a la cabeza no coinciden certidumbre y verdad (medio mundo está cierto de lo falso y el otro medio de lo más que dudoso). ¿Por qué no así en el pecho? El amor es invención, tiene data e historia, a amar se aprende, y el contenido de su lección es sombra fugitiva, no importa cuánto sea real o intenso el sentimiento. El mundo está repleto de verdaderos sentimientos que encendió en el corazón lo sin sustancia, lo nulo pero eficaz. Tiende el pecho a arder con causa leve, o a veces sin excusa, por combustión espontánea. Y al amor lo prende el nombre hueco del amor. (Eso sólo se acepta, pero a medias, cuando el amor se acaba. Entonces sí se confiesa: "me equivoqué, ahora comprendo que estuve cierto de lo falso". No se saca, sin embargo, toda la consecuencia. No fue accidente. Era error radical, vicio de origen, braceo entre sombras.)

Tiene también el amor su materia por debajo del sedimento de sentidos. Si sondeas el fondo del amor, se aprecia un tacto de piel y un calor tibio, y una inquietud sin nombre que sube por la percha (larga y firme habrá de ser la percha, tanto como honda la ciénaga, y oscura). Cierto que la piel y lo tibio, lo húmedo y lo erecto, es sólo su condición insuficiente, pero de ahí deducirás sin derecho que es condición innecesaria. Sólo será legítima una ascesis, una resistencia a la cosa húmeda y tibia del amor, cuando venga por negación consciente de un resorte que te mueve, de un río que te arrastra. No por melindre, no por ignorancia de que el amor es sombra y de qué la proyecta. (Es lícito, si no obligado, resistir los resortes. Lo real sólo exige luz, reconocimiento, no sumisión ni reverencia.)

Aventadas las sombras --por sospechosas y anónimas-- queda apenas la tarea, la construcción deliberada, el pilotaje de la vida y el amor y la muerte (sólo será posible si no sabes vivir, o si lo desaprendes). ¿Qué verdadera espuma va a envolver el núcleo duro del amor? Lo más real: la carencia. Una carencia radical que tú colmas, no el amor, que es vano nombre. Una penuria de ti que tú llenas. No cualquier déficit --de entre los muchos--, que, si es cualquiera, lo cubrirá la idea (la idea, por líquida o gaseosa, se amolda a cualquier hueco). Una falta de ti que es abyecta, capaz de lo peor. No entrega nada --el dar en el amor es estrategia, y la carencia radical no sabe de estrategias, sólo adolece--. No da nada pero lo pide todo: a ti. Una escasez de ti concreta que desconecta los resortes y frena en seco al río que nos lleva. Eso era amor.
 



 

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