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Felipe Núñez, "Falsificaciones y otras prevenciones",
Revista INIMIGO RUMOR, núm 14, 1º semestre 2003, pp.108-120, ISSN 1415-9767.

 
 


Falsificaciones y otras prevenciones

 

          Tal era el título de cierto género de circulares que nos mandaba la central para dar noticia de los brotes periódicos de moneda falsa, o de los robos y extravíos de talonarios, o del libreto de las nuevas estafas ¾y recordatorio de las clásicas¾, o de la facha, la ruta previsible y otras señas de los timadores. Y sacara yo de ahí mucha novela verosímil si no fuera por lo que me incomoda y me empalaga, pero a la vez me tienta, eso del guiño cómplice y el mutuo regodeo en el retrato del tiempo que vivimos, que es retrato sin modelo ni vivo ni muerto, sino invención de la novela misma. Pues aquello que la novela jura que halla, antes ella misma lo puso allí de tapadillo, y atestigua ver algo que, bien mirado, sólo es niebla y legaña que en los ojos trajo.

Aunque también es verdad que se trata de ilusión forzosa y niebla pertinaz que nunca levanta, y que es legaña a priori y pitaña trascendental e indesprendible, porque el mirar de la novela ¾salvo casos contados: Beckett por excelencia, algo menos Bernhard, en otro sentido Kafka¾, viene apenas como despliegue y pormenor (o taxidermia) del mirar a secas, y así resulta que la novela hereda del ojo diario y común su afición a ver lo que no hay, y luego esa querencia la devuelve a su origen corregida y aumentada, y vuelta a empezar, de suerte que entre el uno y el otro ojo inflan el globo al que llamamos ‘mundo’ (con palmaria impropiedad), y, siendo dos los ojos, urden divinamente, por mecanismo conocido, cierta apariencia de hondura y espesor en aquello que es plano como lienzo ¾o pantalla, o página¾.

(No menos planas, por cierto, las artes voluminosas, ya que sólo les importa el lustre de su cara vista, y su meollo es borra o paja que impide que lo hueco resuene, o es dispendio de material y peso muerto en la obra maciza, o en otro caso es vacío y viento. No hay debajo la médula que debiera: ni mucosas húmedas y tibias ni tripas voraces ni corazón bullente en las estatuas, ni Dios ni dioses en los templos. Sólo, tal vez, el sepulcro, la arquitectura funeraria, hace frente a la planicie unánime del arte y se toma en serio lo que aprisiona en su volumen. Pero ved qué atesora: primero palor y podredumbre, y luego polvo, nada.)

Cosa estupenda aquélla del ver lo que no hay, si no lo niego, con la que pasamos muy buenos ratos, y es medicina excelente contra el tedio y bálsamo del alma herida ¾pero a veces su daga¾, siempre y cuando, no obstante, las tales miradas, madre e hija, no se suban a la parra y no pretendan para sí el rango de vía de conocimiento, y encima via regia o Gran Vehículo, ni usurpen la peana de maestras de la vida, que a tanto extremo hemos llegado en el decir que sí es de lo que no lo es ni por el forro. Y, por lo demás, empeño bobo el de dibujar el bosque del mundo desde su centro, desde donde no se aprecia ni siquiera que es bosque, ni su pánico, sino, a lo más, miedos locales, aptos para menores: este lobo, esa bruja, aquel salteador de caminos, cuyo peligro cesa tras unos buenos estacazos, y no así el pánico, al que no sabes dónde darle porque nunca se te encara.

Y, aun así, ya digo que me tienta la novela, porque seguir su señuelo, subirme a su voz en marcha, eso me reconforta y me iguala. Me hace "muchos", lo que es un sucedáneo no tan malo del hacerse "nadie". Y por un momento logra que me olvide de la quimera en que ardo ¾que me quemaba ya antes de saber que tiene nombre, aunque sea tentativo, y es fuego escaso cual zarza ardiente, pero no insólito¾, esto es: no perderme el movimiento inicial, sorprenderlo in fraganti. Que ninguna cosa me preceda sin mi permiso expreso, sin que yo le pida los papeles. Pues me quiero policía de mí mismo, Gestapo de lo que por mí circula, y ay de aquello que me sea desafecto o me contradiga lo más mínimo. Es un anhelo de principio absoluto que a mí me mueve más que el dinero o el poder o la borrachera de salud, o de las otras, o el lecho de las bellas ¾que no diré que todo eso no me mueva, ya que aspiro a otra quimera: que todo lo que digo se me crea¾. Debo de parecer un loco al confesarlo, pero sin vergüenza ninguna lo confieso y bato palmas.

Valgan verdades: de la selva del mundo pinta la novela algunas menudencias que vienen a los ojos solas, motu proprio: ramas, frutos y hojas, con detalle exquisito, si se quiere, de peciolos, nervaduras y nudos, lo que no es poco aunque parezca minucia respecto de la jungla, y tendría que contentar a quien lo da y quien lo toma, y tenerse ambos en sus términos y límites. Pero no, pues de natural los hombres tendemos al énfasis, y nos gusta decir de cualquier cosa que es más que lo que es, y es así como acabamos diciendo de todo que es su contrario.

Uno al que le mando un croquis del mundo que saqué con gran esfuerzo ¾y generoso, puesto que yo ese mapa lo guardo en la cabeza y ninguna necesidad tenía de trasladarlo al papel, donde se desluce¾, va éste y me responde, no que yo acierte o desatine en lo intentado, sino que no le agrada porque, según dice, me olvidé de dibujar aquella miniatura vecina del ojo. Y añade que él prefiere “las distancias cortas”, como si no fuera ésa la preferencia por defecto, lo que va de suyo y, por tanto, no hace falta preferir. O sea, y por resumen de su reparo (que encima era prolijo): yo someto a su consideración mi mapamundi y él me objeta que es un plano muy malo de su casa.

A mayores del error radical del enfoque, vi en su respuesta mucha mala baba y deliberada caricatura de lo mío, de modo que su nombre fue derecho a alargar mi ya nutrida lista negra de nadies ¾pero este suyo subrayado en rojo, para no olvidarme de olvidarlo¾. Cada poco conviene así suprimir del balance de la vida los activos ficticios, las deudas de amor incobrables, las sumas de afecto confiadas a insolventes y morosos, cuyas rúbricas huecas a menudo se mantienen en su lugar por costumbre, o por incredulidad ¾ésa enorme que provoca lo cierto¾, o por pereza de hacer inventario, o por cariño que se le toma al eco familiar de sus sílabas. Y ese saneamiento de lo huero, lo más prudente es hacerlo una madrugada de verano, cuando parece que hasta la noche hay tiempo de sobra para recuperarse del quebranto, y, si un ancho día de estío no bastara, queda tiempo para convalecer hasta el invierno.

Malentendidos de esa clase me amargan la vida desde chico, pues convierten en diálogo para beocios cualquier plática mía u otro comercio mudo, incluso los más banales y alimenticios, cosa que da risa sólo las primeras veces, y a la larga cansa. ‘Mal de escala’ lo llamé alguna vez, porque no coincide jamás, ni por chamba, la proporción de nuestros planos respectivos. Superpuestos en capas, parece que ambos pisamos el mismo suelo firme, pero no (al cabo no tan firmes ni el uno ni el otro suelo, puesto que son, los dos, suelos pintados). De manera que si digo ‘mesetas’, él entiende ‘mesas’, y si menciono mares, él interpreta charcos. No se piense, sin embago, que yo desprecio la pequeña escala. Por el contrario, la practico a menudo, y creo que con pericia. Lo que ocurre es que me paso de resolución y entonces regresa el despropósito por el extremo opuesto. )

Así, por mucho que en el catón de la novela se aprendan vida y muerte, y el amor que las mezcla, o por más que a coro digan todos: “esto es” o “esto era”, no es eso, no es eso ni lo fue, ni es lo que nos vive ni nos muere, que es otra cosa que la novela y sus secuelas tapan y confunden.

 

          “Falsificaciones y otras prevenciones”: lo cierto es que según se recibían, y sin leer, se archivaban, a veces aún dentro de su sobre sólo a medias abierto, lo bastante para comprobar que no traía cosa de más sustancia. Se embutían sin orden en un enorme cartapacio de fuelle ¾casi cofre¾, repleto ya de otras de su especie y de más basura impresa miscelánea, y comido de moho y roña añeja por los cantos de cartón, y pringoso de verdín en los remaches cobrizos de los ángulos. Cada mucho ¾pues tardaba en rebosar¾, el ordenanza lo bajaba al sótano y lo vaciaba sobre un gran montón de otro papel de varia procedencia que usaba luego como yesca para encender la caldera.

Camuflado entre aquel amasijo que por entonces colmaba el cartapacio, le pilló la inspección a Pedro Sevilleja todo el papeleo acumulado del trabajo pendiente de tres años: cheques de viaje, seguros sociales y tributos sin tramitar de medio pueblo, francos belgas de los emigrantes ¾el otro medio pueblo trabajaba en Charleroi, en la industria del clavo¾ y cosas suyas peregrinas: la foto remota de un banquete, una estampa de la Virgen del Prado ¾Ella con barba negra, sobrepintada con rotulador, y El Niño con mostacho de la misma traza¾, calendarios viejos, resguardos de quinielas, gomas elásticas, clipes, grapas, un par de lápices minúsculos de tantas veces afilados ¾de ésos que llaman caganenes¾, y algunos trozos de pan ya pétreos, e incluso una rodaja momificada de chorizo. Esa amalgama rara la explicaba ¾más tarde confesó a preguntas del inspector jefe¾  el hecho de haber volcado dentro del cartapacio el contenido entero del cajón en que guardaba la tarea atrasada. Luego empujó hacia el fondo el corpus delicti con su aliño extravagante, retocó la superficie, al modo en que se ahueca la hojarasca sobre una tumba clandestina, y santas pascuas.

Para mal de Sevilleja, y como es lo frecuente en enterramientos furtivos, el cadáver acabó por emerger. No se sabe cuándo ni obediente a qué física extraña, asomó la esquina un cheque de viaje de American Express haciendo alarde de su guarismo inconfundible. Y fuera porque Sevilleja a cada poco volvía con los ojos al lugar del crimen, y así se delataba, o porque los inspectores son gentes entrenadas en ver la gota de lo insólito en el mar de lo ordinario, el caso es que al rato de comenzada la visita sacaron de aquel hilo buena parte del ovillo, y hubo entre ellos mucho revuelo en voz baja y mucha contenida excitación. Lo primero procedieron al secuestro sumario del cartapacio, que encerraron bajo llave en el armario palastro. Luego el inspector jefe tocó a rebato y el equipo al completo celebró conferencia en el despacho del director ¾a quien desalojaron con más apremio que modales¾. Y al cabo de unos minutos lentos y espesos ¾ese tiempo venido a primer plano que, en imagen feliz de Le Pera, “el minutero muele”¾, al cabo de ese lapso vimos espantados cómo en todos los teléfonos parpadeaba el chivato rojo de la línea de dirección, y escuchamos en sordina y a pedazos la delación del incidente a la central.

 

Si me sé al dedillo algún detalle menudo del episodio, no es por omnisciencia torpe de narrador, ni porque añada a lo que vi mi fantasía ¾juro que no¾, sino porque Benigno Cuesta, un inspector segundo de saña célebre, me tomó a su cargo como ayudante involuntario ¾aunque contento yo de escapar a la rutina¾, y me tuvo dos jornadas reponiendo el orden, si alguno, de aquel pozo de papel en que ahogó su futuro Sevilleja. Me exhortó muy mucho, con gesto policiaco de película, a no despreciar ningún indicio, por insignificante que a mí me pareciera. Yo debía clasificar ciegamente cada hallazgo, que luego él “aplicaría criterio” ¾sic¾. También me urgió al sigilo de lo que oyera y viera. Fui colocando, pues, las circulares por tema y fecha, los dípticos de propaganda todos juntos (por si reutilizables), en un grupo de varia lo inclasificable, y en una batea especial lo referente al caso. Poco más encontré que sumar a lo ya descubierto: algunos billetes desprendidos de su fajo, cuatro o cinco liquidaciones de impuestos, la estampa de la Vigen, y, en el fondo, los restos fósiles de almuerzos y los lápices mínimos. (Estas últimas irrelevancias incómodas fueron sin más a la basura ¾previa consulta con Benigno Cuesta¾, pues no eran pieza de convicción y sí vagos atenuantes, porque mueve a clemencia alguien del que se sabe que almuerza o aguza lápices.)

No terminó ahí mi concurso y bautizo en las labores inspectoras. Como quiera que el percance comprometía la duración programada de la visita, Cuesta me encomendó más tarde el mecanografiado de ciertos epígrafes de la memoria, justo aquéllos insulsos y plomizos. Nada emocionante, nada relativo a fraudes ni a faltas en caja ni a créditos mal dados ni, por supuesto, nada concerniente, sino era de soslayo, al asunto Sevilleja. Todo eso ameno, por cuanto salpicado de culpa, castigo, dolor y nombres propios ¾tal la secreta fórmula, y ruin, del éxito de un relato¾, todo eso se lo reservaban. Cada inspector redactaba a mano, sobre cuartillas de papel basto, el texto explicativo de las faltas detectadas, y luego, bajo doble raya, la amonestación correspondiente. Cuando las dichas notas manuscritas pertenecían al apartado insípido que me asignó Benigno Cuesta, las dejaban en mi mesa, cara abajo, y yo fielmente las copiaba a máquina en sextuplicado ejemplar, y osaba apenas añadir de mi cosecha algún acento que omitieran. No sufrí, sin embargo, como yo me temía, esa prueba terrible que acecha al copista: tener que transcribir y respetar, verbatim, disparates y yerros manifiestos, sin otra defensa que el diminuto sic o el escolio aparatoso (y en este caso ni siquiera eso). No: era gente, en general, de ortografía correcta, buena sintaxis y letra pulcra y redonda, casi femenina, y en esto último se echaba de ver su poca prisa. El vocabulario, sin embargo, y el estilo, resultaban a la larga algo formularios y monótonos, e indistintos entre unos y otros redactores, como si hubieran bebido todos de un mismo abrevadero, que luego supe que así era.

Se veía que a Benigno Cuesta ¾no imagino por qué ni quiero¾ yo le llenaba el ojo, de modo que en contrapartida y premio de mi apoyo me propuso sacar una séptima copia para mi uso y provecho. Eso me lo vendió como merced suya cercana de lo ilícito, y, desde luego, como favor extraordinario. “Una memoria de inspección ¾vino a decirme¾, es como compendio o enciclopedia del saber bancario, porque el inspector lo examina todo, y todo casi siempre está mal, y, cuando no, peor, y, en cualquier caso, nunca perfecto. Si quieres prosperar en la empresa, aprende primero lo árido de las formalidades administrativas, que no son por capricho aunque a veces lo parezca. Tiempo habrá para que te impongas en materia de créditos y préstamos, donde tratas ya con personas y no sólo con fríos papeles. Eso, además de entretener, forma el espíritu y templa el ánimo, porque hay que ejercitarse en decir ‘no’ y saber no ser pródigo ni temerario con un dinero que no es tuyo. En el negociado de riesgos se aprende algo que sirve luego en la vida de puertas afuera: resistirse a la súplica, a la amenaza y al soborno (y este último, bien lo sé yo, se viste a veces con ropajes más sutiles, y más tentadores, que el grosero fajo bajo mano). Pero es también asunto peliagudo, y su buena gestión requiere una edad y una experiencia que tú aún no tienes.”

Ahora bien, la copia susodicha, de tan lejana del original y tan gastado el papel carbón, me salía ilegible, por más que golpeara las teclas con violencia, y así tuve luego que ir perfilando a bolígrafo, uno por uno, cada carácter.

Aunque reticente yo al principio sobre el valor y la utilidad de aquel obsequio oneroso, en los meses subsiguientes me di cuenta de lo verídico de su carácter de biblia, pues, en efecto, recorría ce por be, y en su orden sistemático, el amplio espectro de los usos bancarios. No entendía yo cómo era que el director y los apoderados titubeaban y erraban a cada paso sobre el correcto proceder, siendo así que disponían del árbol de la ciencia. La verdad: la memoria de inspección apenas se leía. Vencido el plazo concedido para la respuesta, y a veces tras dos o tres reclamaciones, todas las incidencias se contestaban con la misma fórmula: tomamos nota, seguimos pautaEn adelante fui anotando en los márgenes y entre líneas las novedades habidas en la normativa, de modo que, llegado el caso, podía yo citar en un escrito a la central, no sólo el precepto que alegaba, sino además su historia crítica. Eso me reportó prestigio y excelentes informes, y luego promociones y ascensos, y no pocas veces el cargo oficioso de oráculo en las dudas y dilemas. Mucho después, cuando tuve la llave de mejores fuentes ¾y yo mismo hice de fuente, y caudalosa, lo que me reprochaban¾, guardé aquella copia pintarrajeada como fetiche y reliquia de un tiempo muerto, y ya sólo por muerto, perdonado de su mucha cochambre.

 

Este Cuesta, al que llamaban a sus espaldas ‘Don Maligno’, como quiera que en la inspección no destacaba lo bastante la figura de su malicia sobre un fondo ya feroz de oficio, migró más tarde al departamento de personal, donde hizo de las suyas, y con fama tanta, dentro y fuera de la casa, que al poco lo fichó la competencia para enmendar el rumbo una filial de leasing que iba a a la deriva, y pronto a pique. Lo último que supe de él vino en la prensa: que encarnaba un personaje secundario en el chanchullo financiero más notorio de los tiempos recientes, y que el fiscal le pedía nosecuantos años. Se le veía en la foto, en la segunda fila del banquillo, algo menos calvo y más flaco que lo pintaba mi recuerdo ¾gajes, supongo, del ascenso social¾, pero con la misma mueca amenazante y aviesa (que a mí, por cierto, siempre me ahorraba), signo ése de dureza de corazón y además de sandez grande, pues tomaba él ahora a grandes dosis del brebaje mismo que antes daba, y eran vueltas las tornas, de modo que parecía lo prudente mudar el gesto hacia lo manso.

 

De resultas de aquello, Sevilleja fue a la calle, pero no por la desidia ni por el dolo de su encubrimiento. No: eso le hubiera costado, a lo más, su chusquera jefatura de cuarta en plaza del grupo C y, seguramente, un traslado forzoso a las Canarias. Lo despidieron porque Benigno Cuesta le hizo proceso universal, y, como perro sabueso, acabó por sacarle lo impensable, al menos para mí: que Sevilleja participaba en beneficios por vías oblicuas y al margen del convenio, o sea, que abonaba en su cuenta día tras día una fracción de lo cobrado a los clientes por cambio de divisas, aunque bien es verdad que la parte mayor la acreditaba en su lugar debido y bajo el apropiado epígrafe contable. No llamó la atención aquel goteo cotidiano de pequeños ingresos porque el infeliz de Sevilleja regentaba también una muy modesta correduría de seguros ¾a nombre de su mujer, para burlar el veto que ponía al repecto el reglamento de régimen interior¾. El tráfico mercantil de ese negocio generaba un sinfín de apuntes de poca monta en su cuenta, entre los que se enmascaraban y diluían aquéllos de su fraude.

 






 

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