E-texto


Felipe Núñez, Para escapar de la voz media, Mérida, Editora Regional de Extremadura, 1998
ISBN: 84-7671-424-6


Fragmento: páginas 17 a 32.



 

¿Por qué comenzar por la escritura, ese arquetipo de lo secundario, signo apenas de un signo, última espuma, siempre subalterna? Porque se quiere su aparente contrario, se quiere, todavía, comenzar por el principio. (¿De verdad se quiere comenzar por el principio o más bien se finge esa codicia fósil? Ni una cosa ni otra, pero ambas. Se quiere comenzar por el principio con el gesto ambiguo con que se planea un viaje en el Orient Express: una mezcla de sonrisa de lado y de emoción auténtica. Se va a tomar un largo tren real que atraviesa días y paisajes y conduce a un extremo --fin u origen--, pero a la vez se aborda un grumo de sentidos que no lleva a parte alguna, a parte otra ninguna que a su grumo. No hay encrucijada más inhóspita ni peor ademán, el medio pelo entre la irrupción pura y la razón irónica: ya "no podemos ir al Polo Norte sin ahogar la mirada en un reclamo, sin caer en la trampa de un código aprendido".) Pero ambos --comienzo escritural y ambición de principio-- bajo algo anterior aún que los desmiente como inaugurales por cuanto siempre los precede, y de largo: un malestar opaco, una como grima sorda que provoca el encanallamiento en lo superfluo, esa intimidad con lo accesorio de la que se abjura en vano una y otra vez. Nada, por lo demás, preocupante. Nada serio. Nada que no arrastren escritura y principio, que no se sepa que arrastraban: la sospecha, o peor, la certeza, de que pasa al lado todo lo que importaba no dejar pasar.

Pero, ¿por qué un comienzo en retroceso? ¿Por qué la exhibición, el exhibicionismo, de los recelos previos? ¿Por qué no, sin más, la peripecia, el episodio, el lance? O el poema, o la tesis. Una tesis sabe hacerse cargo de la opacidad de la escritura sin ella misma devenir opaca, y de la ambición de principio sin contraer la pesadumbre del principio. Una monografía puede 
--sabe-- avanzar sin miedo. No sólo habla como si supiera de qué (ese valor se le supone, la define), habla también como si supiera cómo. Su lugar virtual permanece a resguardo del recelo aun si es un recelo sin orillas lo que toma por tema. El manual de microbiología no por contener la clave diminuta de la ruina --con respecto a la cual toda otra exégesis de la corrupción viene a metáfora--, no por ello infecta ni se infecta, ni se espera. El mismo patrón aséptico sigue por lo común la escritura cuando se ocupa de su propio rumor de fondo, contagioso no menos que el miasma, también inmanejable sin pavor --peor: inmanejable a secas--, intocable sin guantes: resueltamente lo maneja, sin aprensión lo soba, pero sale ilesa. Ahora bien, en el límite ideal, incluso aquel discurso del bacilo debiera, si perfecto, infectar e infectarse. A tal y tanto contenimiento de la cosa debe tender la escritura, qué más da si imposible (por lo poco, debe dolerse de su falta). Eso parece cuando exulta: que contiene vivo lo que hay y lo que importa, no su retrato.

Es cierto, el conato es siempre la novela, el poema, la tesis: la escritura absorta en su sentido. Pero antes, y como signo podrido de los tiempos, como honor y acatamiento que se hace a la podredumbre de ese signo, su espesor interpuesto, su múltiple condición de imposibilidad. Y, antes aún, aquella grima sorda del engolfamiento en lo superfluo que pretende para sí el rango de no escrita, el alzado de un afuera textual.

(Podredumbre del tiempo: esta postrimería no es sólo el reino de la congelación y el vacío, modos de preservación de lo muerto, medios de su consumo diferido, higiénico. No, también ahí, en lo póstumo, bulle la vida. En lo corrompido, en lo no dado a conserva hueca o gélida, hay genuina vida postrimera. La putrefacción no quita nada. Por el contrario, añade rumor y agitación y colorido a lo muerto que disgrega. Esta postrimería no es sólo palacio helado ni su atmósfera rala hasta lo irrespirable. Tales son sutilezas propias de su ciudadela, de su centro yerto, pero no de su muladar, donde todo lo arrojado fermenta, donde el aire es espeso y huele a guiso y heces. En el sermón de las ultimidades es forzoso este escrúpulo: saber si se habla del arrabal o la atalaya.)

Ahora bien, mediante tan temprano alarde de dolencias (grima, malestar, podredumbres) no se hace ver voz viva alguna ni se gana cercanía con aquello que importaba no perder ni perderse. El doliente como paradigma de lo real: un resorte torpe, y resistible. Una exhibición indecorosa si el emblema es dolor propio, y un insulto añadido si es ajeno. Cuando la literatura se percata del tamaño de la nadería que malamente hilvana (miseria que ella cree fortuita, remediable, y no, como lo es, carencia radical de lo que importa), acude entonces a ese trámite urgente, añade sobredosis de pesadumbre fingida, de dolencias escritas.

(No se busque, sin embargo, lo que importa en ningún origen iletrado, en ningún paraíso, si lo fue, sin signos: sólo "por la palabra tú mismo remontaste la corriente que te enmudece ahora".)

Truco grosero, pues, aquella reserva de la desazón que trae el comenzar por el principio, y viejo truco aquella reticencia de un malestar en la escritura que es mero malestar en la escritura. Nada preocupante. Un énfasis inaudible, una variedad del malestar cursiva, sorda, estrictamente escrita. Una instalación suya en lo indolente por excelencia, o, mejor, por bajeza: la escritura. Nada que no alivie como por ensalmo una amenaza verdadera.

Pero es también truco y astucia la llamada a presencia de lo auténtico y del riesgo, la invocación de un peligro genuino que reordena de repente la jerarquía de las experiencias. Eso reemplaza, no menos por escrito, a la dolencia postiza.

Aunque el carácter de ardid de la amenaza hiera por su evidencia, no por ello se desiste de su abuso. El pensamiento paga pronto su rescate: le saca la entraña amenazante, le sorbe su tuétano dañino, hace que mengüe hasta esquema vacío de amenaza o tanto la infla que la diluye. De ese modo no parece ya que haya recurso fácil al espanto, una facilidad que a sí mismo se prohibe el pensamiento, pero que tolera a desgana en la novela o el poema. Así Blanchot en La escritura del desastre: ningún riesgo ni peligro, ni menos su adviento, es el desastre. El desastre no tiene tiempo ni lugar, ni color ni forma ni materia, ni avisa sangre y muerte, pero todo lo ocupa, y, sin comparecer, siempre precede; siempre sucedido y siempre por venir. Por tanto, y ya que indiscernibles, son idénticos ‘desastre’ y ‘escritura del desastre’: si superpuestos, coinciden.

Por esta vez, no se reprochará la sustracción del contenido, la identidad de mensaje y medio, el colapso de la promesa en su expresión hueca (‘prometo’ es la promesa; ‘hablo’, el contenido del hablar; y ‘desastre’, el desastre), signo ése que es, y conspicuo, de los tiempos. Un signo, por cierto, que convive en paz (y en paz descansa) con su signo opuesto: la proliferación sin cuento de los contenidos, su venida a mercado, su factoría mundial: Buda, internet, dinosaurios, calamidades, ángeles, milenio, cometas, pestes, sarajevos... Ello es así, y así de portentoso, por virtud del concurso de un tercer signo señalado de los tiempos: que comparten nombre los contrarios, que ‘contenido’ designa a la vez lo repleto y lo huero, y que ‘huero’ a un tiempo llama a lo lleno y lo vacío. Pero más gracioso, si es que queda humor para apreciar esa ocurrencia: que comparten nombre los dispares, lo diferente y lo indiferente, la berza y el capacho. Un solo nombre se avecina que todo va a nombrar: el nombre.

Como quiera que sea, no se reprochará por esta sola vez el fraude del contenido, porque es verdad que hay desastre y que aun así se prohibe el recurso a cualquier ocurrencia del desastre. (‘Ocurrencia’ reúne divinamente el nombre bárbaro del ocurrir --occurrence-- y la lindeza autóctona: ambas cosas ocurren, chiste y suceso, cuando se acude a la ocurrencia del desastre.)

Pero tampoco escapa a la condición de truco fácil tanta esgrima de un desastre hueco, tanto no estar ni aquí ni allí que pierde efecto tras su sorpresa efímera. Si de un golpe se dice de algo que no es nada, sobra luego el rosario de su no ser ni esto ni aquello.

(Ahora bien, decir que sobra es decir poco. La tacha de sobrante se le puede poner a cualquier cosa, e incluso al mero amago de la cosa, y también a su ausencia: a su ‘no todavía’ y a su ‘ya nunca más’. ‘Sobrante’ es más universal que ‘ser’, pues lo precede y lo sobrepasa. ‘Sobrante’ flota en el origen, ávido de recaer, quejoso por la tardanza de su qué sobrante --ésa es forma común de las cosmogonías: una como sopa que contiene las semillas de las cosas, y un atributo universal que se cierne cual niebla, al acecho de cada emergencia--. En cuanto la cosa asoma, se le adhiere su rasgo de sobrante, le estampa su sello, la marca con su hierro. Y no bien la cosa desaparece o se aniquila --no es lo mismo, dicen, ir a la nada que perderse de vista: habrá que verlo--, se le desprende su condición sobrante. Íntegra: no se desgasta de tanto haber sobrado. Eso en el tiempo, pero igual en el espacio: la índole sobrante desborda el perfil de la cosa, la envuelve como nimbo o aura. Entre cada cosa y toda otra se interponen sus halos sobrantes. En junto constituyen el suelo y el cielo comunes de toda pensable peripecia, física, lógica, histórica, biográfica. Sobrante: anima mundi.)

No es más listo el pensamiento por acudir al expediente fácil de una amenaza huera. No así prevalece sobre el poema o la novela, donde el desastre concreto y su episodio alivian al momento las bajadas de tensión, ésa sí perpetua amenaza para el texto, y, ésa sí, de suyo insidiosa, sin corteza ni médula.

(No siempre es posible ahuecar el desastre. Cuando algo quema, o abrasa la sed, o el aire falta, de nada vale la indiferencia por la propia suerte, ese modo eminente de abolir amenazas. No siempre es fácil, ni siquiera para el pensamiento, prescindir del vigor de una amenaza verdadera, tanto más si cumplida.)

Todo truco es ya truco grosero. No queda resorte por destripar ni automatismo en sombras. Y, sin embargo, y a la vez, no merma sino que crece hasta el delirio el suministro de las sombras, ni se desactiva por su manoseo o su iluminación mecanismo alguno. Tal el nulo resultado de la colisión dialéctica entre el amor de la verdad y la querencia de lo falso: ningún deterioro de las muchas maquinarias del torpor y el horror. Todo lo más su funcionamiento sin carcasa, la exposición obscena de sus engranajes. Y eso ni siquiera es consecuencia de un apaño, sino ciega síntesis sin mano que la mueva.

En verdad no se hace honor a la podredumbre del signo de los tiempos cuando se toma por tema su condición de obstáculo para el comercio carnal con las cosas. Así no se lo acata como signo, no se sigue su vector. Por el contrario, pedía anonimato su escamoteo de lo que hay y lo que importa no perder ni perderse. Reclamaba respeto y preservación de su índole de agua para el pez --lo último de que un pez se percata--, de su carácter de fondo omiso sobre el que ciertas figuras magras hacen entre vítores vanas muecas
--eso se ve donde quiera que se mire: hágase la prueba--. (Todo lo torpe y feo hoy reclama respeto. No le basta lo suyo, lo que le sienta: proliferar sin tasa.) Ahora bien, tampoco sufre demasiado por su desvelamiento. Esta potencia muestra el signo podrido de los tiempos: que se merienda viva toda réplica, que la hace suya mientras guarde las formas --pero cualquier imaginable forma es forma suya--. Lo único: que su censura le exige un esfuerzo pequeño, el golpe minúsculo del trago. No hay barco ebrio en el que huir de sus mucílagos: en cierto oscuro departamento suyo se diligencia el flete de cada barco ebrio, se fijan el alcance y los límites de cada transgresión (y se le pone precio).

Pero el hurto de lo que hay y lo que importa no perder ni perderse ya no esconde un interés bajo el conocimiento, ya no es verdad e ideología, ya no es boscaje que cela la fea figura del dominio. O, si es el caso que aún disfraza intereses o disimula grilletes, no es hoy ése su peor crimen ni su rasgo señero. Si un día fue así --del orden de cosas elemental de la estafa--, al negro comité su endriago se le fue de las manos. Hoy es monstruo proteico. Esta --pero cualquiera-- resistencia suya es filamento que él mismo proyecta, viscosidad que segrega. No se le opone siquiera su violencia. No tiembla si se le mueve guerra: suya es su lucha armada, ese grumo, y de los gordos, de sentido. De su misma materia escrita cada práctica. (¡Qué patética, qué prevista en su teoría, la conminación de la práctica!)

(Una objeción radical, ya siempre puesta, pero siempre defraudada, siempre eludida su eficacia abortiva de toda escritura, de todo vano merodeo en lo superfluo: "A ti y a mí, ¿qué nos va en ello?", "qué nos importa, si habitamos brillos, lo que pasa en el mundo".)

Para escapar de la voz media, del aoristo primordial de los textos, la primera providencia consiste en no aceptar jamás el punto de fuga que la escritura sugiere, la estría donde urde un relieve que no tiene. No seguir nunca las señales de huida obligatoria que la pueblan: un esbozo de figura humana fugitiva a la que acosan no lenguas de fuego sino encendidos signos. Esas salidas de emergencia, predecibles, abocan prematuramente a la tesis, la novela o el poema. Más conviene por ahora avanzar hacia su centro, donde la escritura diáfana entrega el mundo. Sólo en su núcleo, si lo hay, la escritura muestra verdadera periferia. Sólo ahí trama su rapto de lo que importaba no perder ni perderse. En su límite aparente, en su frontera fingida con el mundo, lo que entrega es horizonte, señuelo inalcanzable, simulacro de orilla siempre más lejos: finitud de la mirada, no de la curva escritura.

Detrás del horizonte: ahí entierra la escritura su tesoro. Eso hace las delicias del sinvergüenza conceptual, y por ello con frecuencia grafómano. Es, en efecto, un lugar indicable. Indicable incluso con el prototipo ingenuo del indicador de realidades consistentes: el dedo índice. (Ingenuo: nada más vago que un señalamiento con el dedo. Nunca se sabe si señala a la cosa o a su sombra múltiple. Mejor señalan, y bien separan cosa de sombra, el bastonazo, la cuchillada o el disparo. El daño inferido aporta a la vez la prueba del acierto y la inequivocidad de su objeto --nunca la sombra se duele ni sangra--.) Y, sin embargo, es un lugar inaccesible: se desplaza con tu anhelo. Queda a salvo ahí el referente de todas las mentiras, a resguardo de su continua decepción. Búscalo ahí, te dirá si le preguntas por el dónde. ¡Qué hallazgo! ¡Qué frotar de manos! No tener ya más que recurrir a la facilidad de un no-lugar supraceleste, a ningún no indicable tópos hyperouránios, al que todo plumero sin remedio le asoma.

Habría que dar cuenta de otra infinitud más ominosa que afecta a la escritura, no ésa sencilla y transitable que consiente su superficie curva. No es --no sólo es-- la carencia de límites que la esfera sugiere, y que tanto desilusiona cuando se comprende la simpleza de su mecanismo. Sobre esa vastedad de andar por casa cabe el estallido, la dispersión, la reacción en cadena, el desparramarse sin medida del texto, sin otro riesgo de exceso que el regreso por la espalda o el incremento en espesor de la así llamada iconosfera. Pero lo que asusta de verdad nunca se esparce, nunca corre el albur del desvelamiento de sus trucos. Lo que da pánico no es de la índole de la mancha de aceite, de la que cabe tomar muestras, palpar su consistencia grasa, deplorar su pringue. No, lo que amedrenta hoza hacia dentro, adensa, aprieta, implosiona. Le da igual la naturaleza curva o plana de su espacio. En realidad le bastaba con el punto, no precisaba de ninguna dimensión. Toda latitud o largueza o estatura añadidas son lujo, alarde de poder, derroche. Llenar --atiborrar-- aquello que no tiene cabida: tal hace por paradigma la escritura en Heidegger o en Derrida (y menos bien en sus epígonos, que imitan no más el sonsonete, pero no su apretura, inimitable). Se defienden así con éxito de la pregunta por el dónde, ésa que se contesta con simples coordenadas, ésa que socorren el mapa y la brújula. Y, sin embargo: la desubicación de segundo o tercer orden no impide hablar del lugar. Al revés: ahora sin escrúpulo, con descaro, el lugar se tomará por tema. Se avecina una ‘teoría del lugar’ justo donde éste falta por completo. Signo de los tiempos: tanto más algo falta de raíz, más entonces eso mismo se soba como si estuviera. Si algo hiere porque no está ni hay medio de decir su dónde, se hablará sin duda de su presencia. El discurso de la presencia es sumamente sospechoso: nada presente lo reclama. O más fuerte: la presencia lo prohibe. Otros comercios exige lo presente para permanecer como presente, no su ser dicho, que lo espanta.

Escapar de la voz media: aún no rotula operación concreta alguna. Quizá nunca, como es lo más común entre llamadas a la huida, y de ahí el atropello y el desorden de todo desalojo suyo (falsa siempre su amenaza de bomba, y no menos falso su, luego, desmentido). Es, todavía, perífrasis de lo noble innombrable, hilo perdido de la refutación de todo sin cuyo auxilio la repulsa universal acaba en mera bilis negra, en simple negativo de la tonta panfilia --franciscana o peor: todo, ni nada, no se puede amar--. Sin ese plan de fuga, la negación se queda en el extremo oscuro de un repertorio de quejas consabido, en tout va mal inane, en fácil jaque mate por manotazo a las piezas.

Escapar de la voz media: es, todavía, coartada que justifica o casi el trabucazo a ciegas. Porque sólo así, a voleo, sin tino, la violencia ecuménica sería equitativa. Sólo si no encañona, puede no preferir, puede no cometer ese mismo comercio de tinieblas que objetaba. Tiroteo indiscriminado, metralla ecuánime, negación de lo en torno por feo y por torpe y por hostil, pero no a mansalva: negación también del foco negador que hace un absoluto de eso en torno. Negación de la escritura manifiesta y a la vez de su cursor pulsátil, de su cabeza borradora.

Sólo ahí, en la escritura, la negación toma cuerpo, se hace a sí misma disponible. Sólo en la escritura la negación cae al alcance de su demora y su matiz: engorda. Y se trata de eso, de nada más que eso, de apenas un soufflé, un buñuelo de viento. Pero, a cambio, incruenta, benigna, desarmada, predicha y esperada en su dialéctica. Qué haría una dialéctica sin su momento negador en escritura envuelto, sin ese principio suyo activo que pasa por substancia inerte, por excipiente inocuo: detenerse apenas comenzada, perecer a manos --garras-- de verdadera negación sangrienta. No así, no envuelto en escritura, su modelo mundano, su equivalente práctico: el francotirador sin bandera ni causa que una vez que remata su tarea negadora --o, aún mejor, a medias: no cede a la ilusión de un final perfecto-- sobre sí vuelve el arma.

Sin bandera ni causa: si no así, la masacre, su juego, se deslíe en su escritura, se llena de sentidos, deviene dialéctica, mata menos, aunque resulte ser idéntica la nómina de muertos. Ahora bien, ni siquiera con tanta cautela archiapátrida el francotirador se libra de su red de sentidos. El núcleo ingobernable que su nudo tiroteo regala al mundo toma pronto la forma de crisálida, se reboza en las sedas que el sentido segrega. Y no precisamente para facilitar su metamorfosis. No para hacer del gusano sangriento mariposa de amor --no otra cosa dicen que quería; por amor al mundo, despechado, alegó que abaleaba--. No: del francotirador se hace capullo para ahogar su conato de objeción verdadera. Un cometido arácnido que cumple la página de sucesos. El diario de prestigio no la tiene: supone sin fundamento que cualquier objeción radical llega ya envuelta en su telaraña de sentidos, predicha en su dialéctica, caso de una ley que la precede y la anuncia. Presume sin motivo que esa objeción exhibe ya siempre su etiqueta de antítesis, que sin violencia ella sola se aloja en la sección de sociedad o de cultura, en la vecindad, por tanto, de la tesis que niega. Y, si no así, sin más se omite, no tiene cabida, no concuerda con la premisa de la mundial arborescencia que es, sin paradoja, madre e hija del prestigio del diario de prestigio --cada edición suya es arbolito, pimpollo de ese bosque pánico--. No es tan ingenuo, por serlo más, el diario menos culto, la provinciana gaceta. Conserva el trash-can del suceso. Le pone nombre, sí, le da la forma conveniente del balde, pero de ese modo confiesa marginalmente la marginalidad de su inquilino, su ser salvaje que las sedas disimulan.

Ni que decir que no todo suceso muestra ese rostro fiero de objeción radical. Lo frecuente es su efectiva aleación de sentido, su arborescencia en origen que da razón al diario de prestigio, a su premisa de la incompatibilidad entre prestigio intelectual y página de sucesos. Lo que abunda es el coche-bomba patriota o santo, el degüello de infieles o tibios, el crimen pasional
--pues es amor la cima del sentido--, la remendada balsa repleta que naufraga, y siempre en el mismo recodo, sobre idéntico abismo, bajo el mismo cielo plácido que no avisó como debía (¿para qué cielo si no anuncia desastres ni victorias?). Contra toda intuición: la dialéctica es cíclica. Tal parece que se atranca, que no va redonda su lineal maquinaria. Una y otra vez repite su incendio y su riada, su choque de trenes en la India. Una vez y otra deja el gendarme su arcabuz cargado al alcance de los niños. Y sin fin tres lolitas o tres caperucitas escaparán de casa, y sin fin el destripador las destripa. Fácil el oráculo de esas repeticiones, tan sin riesgo como el augurio de la noche tras el día. Y sencilla la edición de su diario: no precisa de agencias de noticias ni, en general, de miradas al mundo. (Que la humanidad da bandazos hacia mejor sin descarrilar de su constante empeoramiento: tal enseña la preferencia creciente del criminal por las caperucitas y el paralelo languidecer de su afición por las lolitas. Es una querencia residual por la falta de sentido en medio del mar de su primacía. Es una confesión in articulo mortis, una retirada intermitente de la máscara.)

No hay dialéctica sin escritura, pese a Hegel. Sin escritura, lo que hay es desnuda muerte. Donde quiera que el mundo conserva y supera, lo negado falta. El mundo es así, qué se va a hacer: negador no dialéctico. Si parece otra cosa, es sólo a causa de su corteza escritural, del vigor de un nombre que guarda como en salmuera lo negado. Es verdad que la muerte no aniquila, paraliza. (Ninguna negación, sea o no dialéctica, repara el estropicio que provoca una tesis --quizá no lo provoca: consiste en estropicio--.) Pero su objeto, muerto, pierde siempre el paso de la síntesis. Y como sea que a cada cerdo le llega su San Martín --a Hegel mismo le llega en forma de vibrio cholerae, bicho que, por real, analiza, no dialoga; tras su paso falta el Hegel que negara; sólo de modo oblicuo, por sinécdoque, el vibrión recupera lo que niega--, como sea, en fin, que siempre así, que así con cada cerdo, ocurre que el Esplendor Final está desierto. Ni Dios queda. Mucho contenido, sí, mas para nadie. El tercer elemento de cada tríada hegeliana, salvo escritura suya, es apenas la lista de bajas de los dos precedentes. Tal era quizá el designio oculto del objeto: librarse de una mirada que arruina su perfección objetiva, que lo mira siempre de soslayo por más que de frente lo mire. Y sólo ahí, a recaudo de miradas, será al fin absoluto.

Del dato irreductible de la muerte puede decirse que no importa, que lo pide el sistema por economía o por higiene o por falta de aforo, pero no que no sea. La última vuelta de tuerca, ésa que aún no descuaja el mecanismo del texto --por poco: la menor apretura añadida lo hace saltar, da ya en poema--, es actitud radical e infundada frente a un dato elemental que no soporta sobre sí compadreos dialécticos. Es su desprecio o su aprecio arbitrarios, y los grados que median. Y todo eso vale, a su escala, para la negación que aún no mata, la negación que hiere. Los contrarios se conservan en su síntesis, en persona, en carne y hueso, pero ahora lisiados, contusos, medio lelos. Nunca serán los mismos después de la refriega.

(Propósito santo, de momento: mantener esa tensión en que el artefacto del texto opera en el límite de tolerancia de su par de apriete.)

(Anticipaciones de la percepción que el poder de la muerte promueve: apenas entrevisto entre dos luces, el bulto se toma por cadáver. Tibio aún, añade la imaginación sin mejores razones que su centinela perceptivo. Todo bulto es, por defecto, cadáver. Hasta que se demuestre lo contrario. Eso anticipa la percepción, y con derecho. Basta un leve predominio del eje horizontal, o el juego de tonos pardos y rojos que en su prisa el crepúsculo dispensa. De la frecuencia de ese espejismo legítimo dan cuenta los archivos policiales. "Falsa alarma", se dirá después con alivio o desencanto, pero falsa no en su motivo, veraz donde los haya. Que no es cadáver sino fardo o sombra: eso tiene la carga de la prueba.)
 


 

Comentarios
Volver a Para escapar de la voz media