Felipe Núñez, tras un silencio enfático que va para tres lustros, de repente nos sorprende con dos libros casi simultáneos, un ensayo (o así): Para escapar de la voz media (Mérida, ERE, 1998); y un compendio de sus libros de poemas: Balizamiento para un aterrizaje nocturno (Poesía, 1975-1985), aún en prensa en la editorial Calambur. Por lo pronto una duda me asalta: ¿hay diferencia verdadera entre aquel silencio y este ruido reciente? ¿Qué sentido o eficacia tienen uno y otro? 
Leopoldo Santos: ¿Qué te parece si intitulamos esta cosa ‘Un Nietzsche de secano’? ¿Te ofende más el ‘secano’ que te halaga el ‘Nietzsche’? En cualquier caso, ¿te hace justicia esa imagen de lo abrupto y lo excesivo (Nietzsche), pero a la vez raquítico por crecer en suelo árido?

Felipe Núñez: Para mí es difícil fijar una jerarquía de aquello que me causa desazón. A estas alturas casi todo me molesta mucho, pero al mismo tiempo todo está a punto de no molestarme lo más mínimo. Aun así, me provoca una dentera singular lo que se repite sin descanso, lo sin mudanza, sin matices nuevos que alegren los sentidos. Y ahora veo que vuelve, siendo la misma, tu vieja hostilidad. De siempre me reprochas la incoherencia de verter en libros, y de paso en el mundo, lo que tú y yo sabemos que en los libros y en el mundo se pierde sin remedio. Pero, ¿no es igual de idiota, si no más, y tan contradictorio, el mantener la devoción por el dios menor de la coherencia cuando quiera que hemos abjurado ya de todos los dioses obesos? ‘Un Nietzsche de secano’, tú lo sabes aunque no lo digas, sólo sería la poco original traducción de aquel viejo titular, ni tan siquiera célebre, ‘Un Rimbaud de secano’, con el que hace años se interrogaba cierto crítico por la causa y razón de mi silencio poético, y, en general, por mi paradero real y metafórico. Pues bien, ni uno ni otro rótulo me ofenden ni me halagan, ambos mienten y aciertan. Sí es verdad que dan excusas para seguir hablando sin divagar más de lo prudente, como tú y yo solemos. En cualquier caso, e incidentalmente: Nietzsche lo es siempre de secano. El Nietzsche de regadío es un Nietzsche neutralizado, doméstico, venal, puesto en el mercado por la industria mundial de la cultura bajo los epígrafes simultáneos de ‘locura’ y ‘lucidez’, tan ubérrimas como inocuas. 

L.S.: Tal vez fuera mejor dejar a un lado, como música de fondo, nuestra mutua animosidad. No hagamos tema de ella, porque eso sería añadir una sobredosis de sinsustancia a la ya de suyo poco apasionante materia de tus libros, tus silencios y los viejos resentimientos que los mueven. Dime, entonces, ¿a qué condición, tuya o del entorno, alude esa imagen larga del secano que parece agostar primero tu poesía y ahora tu pensamiento?

F.N.: Pues mira, yo creo que es condición a un tiempo mía y del entorno. No se negará que conviene a nuestro medio, a nuestro extremo Oeste fronterizo (nadie se ofenda: hablo de una geografía del espíritu), la metáfora, y no, de la sequía. Una sequía que no desmienten ocasionales temporadas de chubascos. Aunque no menos bien le sientan a nuestro entorno los rasgos de la excentricidad, la periferia, el suburbio, el arrabal, la zona de sombras. Ahora bien, sequía y sombra, ¿con respecto a qué luz y qué humedad? ¿Es un paraje más deseable el luminoso centro fértil? Si aquí sufrimos el estado de inexistentes, de invisibles y sedientos, en aquel centro la luz de los mass media no es que enfoque interesadamente un concreto sector de lo real (de tal recelaría una sospecha ingenua), no, peor que eso: la luz fantasmal de los media fabrica lo real, lo saca de la nada, construye con sus ectoplasmas deslumbrantes la fábula del mundo, y encima la edifica sin orden ni concierto, al buen tuntún, como salga (no es novela calculada la fábula del mundo, es más bien “la historia de un idiota contada por él mismo”). Y eso es tan así que si por azar la luz de los media ilumina una vez algo de veras real y consistente, se ve obligada a añadir muchas protestas de realidad, a resaltar que agora va de verdade, que no se trata de la sombra de siempre. ¿Es quizá ése un razonamiento zorril respecto de ciertas uvas fuera de alcance? Puede que sí, pero no del todo. No es un problema de impotencia o de impericia (espero), sino de remilgos. Aunque, curiosamente, es la misma disculpa que pondrá el diletante, el impotente, el imperito, cuando se le haga ver su ineptitud. Como quiera que sea, para acceder al centro, a su luz y a su humedad, se hace preciso un previo tejer redes, un aprender ciertas liturgias y gestos, un dominar el arte del meneo gracioso de la cola (no por nada lo tiene más fácil la poetisa agraciada que el novelista fondón y bigotudo). Y para todo eso, fatigoso, ni tú ni yo estamos bien dispuestos ni dotados. Es un dilema que comparto en mis pláticas con otros perplejos: Fernando Rodríguez de la Flor, César Nicolás, Jesús Alviz, Álvaro García-Miguel, y en su día, ya irreparable, con Aníbal Núñez. (El ‘caso Aníbal Núñez’: prototipo de un ninguneo de la verdad y la belleza que sólo ha remediado a medias, mínimamente, la muerte. Alto precio por algo que a fin de cuentas se resuelve en nadería, en fantasma y sombra.) Admito que hay ahí (en nosotros, o al menos en mí) una contradicción violenta: escribir libros y ofrecerlos al mundo es ya desde su comienzo del mismo orden de cosas de aquellas ceremonias y aquellos tejemanejes. Piden eso como su requisito y su colofón necesarios. No es coherente, entonces, arrepentirse a medio camino en el pecado contra el silencio. También los pecados deben ser perfectos, quiero decir, perfeccionados. Lo contrario, quedarse a la mitad, es de la índole de los actos fallidos, el malogro, el quiero y no puedo y el puedo y no quiero. 
    Eso por lo que atañe a la sequía y la sombra del entorno y a su terco permanecer en ellas. En cuanto a mi propia sequedad: pues también, pero con algunos matices gracias a los cuales no es completa desdicha. Mira, yo soy hijo, más que de la pequeña burguesía, de su equivalente téorico: la “pequeña ilustración” (si se me permite tal esbozo de un tipo-ideal casi weberiano). Mis cuatro abuelos fueron maestros de escuela. En mi casa hubo siempre abundantes libros, pero no formaban una biblioteca deliberada. Aprendí a tocar la bandurria (¡), no el piano, y mi profesor de música no sabía solfeo, tocaba de oído y de oído me enseñaba (y me enseñaba a tañer, no piezas de Chopin, que ésas no se tañen, se interpretan, sino la Picolíssima Serenata y otras del estilo). Recibí desde muy chico clases de francés, porque en mi casa se pensaba que era el francés la lingua franca. El mundo anglosajón (hoy, el mundo a secas) se ignoraba o se tenía por cosa bárbara, tan ininteligible como el farfullar del Pato Donald. De todo eso no me quejo, aunque lo parezca. Esa formación del espíritu fragmentaria, a medias fallida, no del todo desnortada, deja sitio a cierta radicalidad de la que me precio. Me ha obligado a llenar huecos con mis propios medios, a mi libre arbitrio. En cierto modo me ha obligado a hacerme único, diferente, y a pretender en mis derrames poéticos y filosóficos lo diferente y lo único (como en barraca de feria: el portento, lo nunca visto). Me ha privado de ciertos instrumentos de comprensión del mundo que arrastran inexorablemente a la complicidad con ese mundo, aunque sea bajo la modalidad no menos cómplice de su resistencia (una resistencia prevista y previsible, una “reticencia gárrula”, que forma parte de la fábula del mundo por más que lo refute). 
    La biblioteca familiar delirante fue para mí un regalo sin precio. Es, con mucho, mejor que una biblioteca coherente o que ninguna biblioteca. En ambos casos (una y ninguna biblioteca), su lector se hace homogéneo, normalizado, conmensurable. Desde esas coherencias de la nada y el todo, uno aprende a hablar como si supiera de qué y como si supiera cómo. Y desaprender tales dos habilidades me parece a mí requisito de cualquier práctica artística que merezca la pena (su no poca pena) y de una vida que no consista en mera aclimatación y sobrevivencia. 

L.S.: Radicalidad, dices. ¿No era el poema mejor vehículo de tu (no tan) famosa radicalidad? ¿Por qué un ensayo? ¿Cómo te las arreglas para mantener durante más de doscientas páginas la tensión de un hablar que habla como si no supiera de qué y como si no supiera cómo? Eso sólo se soporta durante las pocas líneas del poema. Me temo lo peor.

F.N.: No es del todo así. Tú lo sabes -porque sé que has leído furtivamente el libro de ensayo y que no te resultan desconocidos mis poemas-. Cierto que el poema es el lugar indicado para disolver el sentido que embardurna, grasiento, las palabras. Es el poema el eminente lavadero donde se purga a la lengua de su pringue de sentido. ‘Sentido’ es por lo común un término positivo, halagüeño (todo dios pide sentido). Pero no para mí. ‘Sentido’, según yo lo entiendo, es cemento en la construcción de lo irreal. Es también recurso de ese viejo mecanismo del gusto literario, y artístico en general, del que abomino: la identificación, el reconocimiento, la connivencia del autor y el lector, la mutua llantina sobre los mutuos hombros. En un ensayo, ciertamente, la batalla contra el sentido no puede ser guerrilla, terrorista, francotiradora, como lo es en un poema (o también en un lienzo, o una pieza musical: pienso en Bacon y en Chopin). Un ensayo, cuando quiera que sea bélico y no amistoso con la fábula del mundo, tiene que ser guerra formal y declarada al sentido. Y a ese efecto no hay otro paradójico remedio que hacer uso del sentido. Para escapar de la voz media quiere ser, en ese sentido, arte marcial. Quiere valerse, en su propio beneficio, de la fuerza del contrario. Quiere ser la elevación a incendio de un fuego antiguo que pretendí prender en mis poemas. (Reconozcámoslo: no siempre quise ni pude hacer pira en mis poemas. También hay en ellos rendiciones clamorosas al sentido, guiños al lector para ganar su complicidad. Y tampoco siempre supe, cuando lo quise, encender tal hoguera.) Para escapar de la voz media habla, de hecho, como si supiera de qué y como si supiera cómo, pero bajo la continua aprensión de su imposibilidad y su indecencia. Siempre bajo la sospecha de que esas pericias ocultan lo importante, apagan el fuego que pertenece por derecho a la mirada. Perdón por la autocita: “la claridad interior del texto sólo se logra a costa de su completa oscuridad circundante”. Saber vivir (escribir), hacer de la vida y la escritura un texto claro, paladino: eso es incompatible con cualquier literatura o arte que no sean celebratorios. Incongruente, pues, con un arte o una literatura a secas, según yo los entiendo. Quien aprende a vivir (y eso significa eludir lo importante y comerciar con sombras), ése no puede querer a la vez ser poeta (en un amplio sentido). No puede tenerlo todo. Tiene que elegir. Si no renuncia a aprender a vivir y al oficio de escribir, hará una poesía hueca, impostada, blanda, nostálgica, falsamente doliente. Buscará la fuente de su palabra en las palabras, no en su corazón, más marchito cuanto más sabio en vidas. Mejor fuera psicólogo, siquiera aficionado. Por eso “poesía de la experiencia”, lo acepten o no como lema sus perpetradores, es una divisa a la vez adecuada y autocontradictoria. La experiencia de la “poesía de la experiencia” alude a ese saber vivir y escribir que vengo de declarar incompatible con la poesía. 

L.S.: ¿Has cometido, entonces, si bien lo entiendo, un enésimo “tratado contra el todo”?

F.N.: Tal vez sí, si así lo quieres. Pero al mismo tiempo he pretendido quitar suelo bajo mis pies. He querido hablar desde ningún lugar privilegiado (eso, por definición, no se puede: el texto privilegia siempre su lugar, pero en mi libro la desubicación se tiene como guía, como ideal, como desideratum). La negación y el reproche que abundan en mi ensayo se vierten sobre el mundo, sí, pero no menos sobre la propia posibilidad de negación y de reproche. Los “tratados contra el todo” que tú citas, al menos los que yo conozco, suelen detenerse fente a cierta elementalidad que cumple la función de peana, de entarimado desde el que se increpa con el dedo el alto. Dicen: “todo es necio, feo y malo, salvo equis o zeta, y salva esta voz mía que viene por evangelio de equis o de zeta”. Yo he querido eliminar la salvedad de esa cláusula, renunciar a su segundo término. Incluso Nietzsche, el gran irreverente, detiene su reproche frente a la economía del todo o la voluntad de poder. Hay un resorte latente en la práctica toda y en la teoría humanas: la adoración de la verdad (o lo que por tal se tiene en cada caso). Pero la verdad sólo exige aceptación, acatamiento, no reverencia añadida. No se sigue de la verdad su devoción. Muy al contrario, con frecuencia, casi siempre, la verdad es deplorable. 

L.S.: Apocalíptico estás, y no porque no comas. Dime otra cosa, ¿qué es la “voz media” de la que huye tu ensayo? ¿Consigue al fin escapar de esa trampa, sea cual sea?

F.N.: Antes de eso, rechazo la condición de apocalíptico con que me obsequias. Integración y apocalipsis es un par opuesto que pertenece de plano al campo de la integración, se dice desde ella. Tiene, pues, truco. Yo no hablo aupado en cierto yin contra yang ninguno, ni al revés. Si una cosa he aprendido, entre el mar de lo que desaprendo, tal es la fullería de esos pares opuestos que agita cual trapo rojo la fábula del mundo, y con notable éxito. Pepsi es ya siempre sin remedio del orden de cosas de la Coca-Cola. El heavy metal es no más que new age un poco más frenético, y el Barça apenas falaz alternativa del Madrid. Son lo mismo. A lo segundo, te respondo: “Voz media” es el nombre de la indisponibilidad de la voz, la alegoría de su ser anónima, de acumular sentidos que no son siquiera ajenos, que son de nadie. “Voz media” quiere decir que el escribir (y el vivir) no es escribir algo, es escribirse y ser escrito. “Voz media” es el nombre del no estar la cosa en la escritura y el no poder convocar lo que importa de veras. Y es a la vez conciencia de que eso sólo viene por escrito (“sólo por la palabra tú mismo remontaste esa corriente que te enmudece ahora”). Escapar de la voz media no es huida hacia ningún origen, no es añoranza de ninguna oralidad perdida. No podría hacer explícitas ahora las aporías y las paradojas a que conduce esa mi impugnación del “generador de sombras” a que aludo con “voz media”. 

Durante otro largo rato he seguido hablando con Felipe Núñez sobre cosas que no son ya de contar. Luego lo veo alejarse bajo el peso de su “ceguera de las sombras”, bajo el apremio inhumano de su “no ver lo que no puede verse”, esas acrobacias y portentos que no cultiva ya con el furor que suele. Comprendo al fin, con Vallejo, “que él sabe que le quiero, que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente”.





 

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