E-texto
Felipe Núñez,
"Algo maravilloso está a punto de ocurrir, en serio",
en: Fetiches, Álvaro García-Miguel,
Salamanca, Caja Duero, 2000, ISBN: 84-?
págs. ?

Esto es lo último
en todos los sentidos: un mundo que viene y que a medias ya está aquí
--pero viene sin señales ni trompeteo de ángeles ni catástrofe del mundo
viejo--, y de cuyo nombre y data es mejor no hacer tema, o lo mínimo (lo
indispensable para guardar las formas), pues qué más da que su raíz resulte
ser decimonónica o vigesémica, o incluso, si me apuras, neolítica. No
sin alguna razón: ahí, en el neolítico, abre la historia, justo ésa que
el mundo venidero dicen que va a cerrar --aunque recientemente, y con
las mismas, lo desdicen--, y cuando se cierran círculos, o ciclos, ocurre
que el cerebro del hombre segrega ciertos jugos sedantes, y al revés:
lo que se ofrece abierto o inconcluso excita. Y tal vaivén explica mucho,
tanto como reduce la vida del espíritu a una economía de jugos, a un juego
de secreciones y excretas. (Que ya sé que no se debe reducir nada a nada
ni medir cosa con cosa, pues se ofende al dios menor de la complejidad,
que es pródigo en dones y patrón de las facundias, y tutelar de los diviesos
y panadizos, esos pequeños mundos complejos e inconmensurables con la
piel sana y tersa --sería impiedad hermenéutica que se hicieran mutuo
juicio el forúnculo y la piel impecable, como así cáncer y salud, verdad
y mentira, etc.--; y modelos a escala, más que se quisiera, de los productos
del espíritu --por cuanto obedientes, unos y otros, a la misma obstrucción
de las vías de drenaje--. Y no sale a cuenta reducir ni malquistarse con
el dios de lo complejo porque la adversa diosa de la simplicidad es sorda
a lisonjas y avara de dones, y unípara. Y su unigénito se dice fácil,
a saber, "todo es nada"(1), que es
sentencia astringente y da pie a muy pocas glosas, siendo así que se paga
a tanto el folio y a tanto más el metro cuadrado de lienzo, o el cúbico
de instalache.)
O qué más da que
a ese mundo que viene se lo llame sistema o ultrasistema, tardo-esto o
post-lo-otro, galgo o podenco, si en cualquier caso nos alcanza, se haga
o no tema de su nombre y su data. Pero ahora, o pronto --en cuanto acabe
de venir, que a la vez ojalá y Dios no lo quiera--, nos va a alcanzar
bajo su figura perfecta y sin resto, o sea, que no mostrará ya ni roto
ni escape, salvo hacia dentro, ni límite con nada ni un otro respecto
de su enorme mismo. Y será suya su negación y suyo el reproche que se
le haga, y a fortiori su halago, que no falta. (Pues cómo no admirarse
de su redondez englobante, parmenídea, que encima sale sola, por la fuerza
de las cosas, y no por obra de mano ni deliberación. Aunque quizá no debiera
maravillar tanto, porque es sabido que la fuerza de las cosas no es fuerza
bruta, o no sólo, sino que a ciegas engendra formas nada simples --genera,
por ejemplo, tigres, y tampoco adrede ni según diseño previo--.) O qué
más da que al fin, bien mirado, ese mundo que viene, y que a medias ya
está aquí, no consista en nada real ahí afuera, sino en los ojos niebla
que trajo un desengaño.
Eso último es lo
que cree Callinicos (2): que la dichosa
posmodernidad --cuya mera mención pringa y distrae de lo que importa
(si algo) y falsifica lo que sea que le siga-- era más de lo mismo con
relación a un mundo que alumbró el diecinueve, éste sí novum --en
prueba de su esencial igualdad bajo las apariencias, Callinicos aporta
cifras y dibuja gráficos--. Y en consecuencia, mutatis mutandis,
a la posmodernidad se le aplica el Manifiesto sin más miramientos
--y se le aplica, sin mudar palabra, el Cambalache de Santos Discépolo,
que es de los treinta, y por lo tanto un dato para recalcular su data--.
Verla, pues, y nombrarla, no habiéndola, fue falsa conciencia y aberración
cromática que producen las aprendidas lágrimas, y episodio ninguno de
la astucia anónima de la razón, sino un resorte del alma tan concreto
y datable, y psicoanalizable, como la melancolía de las inteligencias
--lo más a menudo melancolía impostada-- por el chasco del mayo célebre,
donde todos se gloriaban de santos y luego se vio que no.
(A menor escala, en la llamada Transición --¿te acuerdas?, no hace
tanto--, también todos aparentaban eso, y a la mínima se calzaban los
zancos de la verdad y la belleza, que lo eran de oídas o, a lo más, de
leídas, pocas veces estatura suya. Pero enseguida se sacaron las tales
alzas y confesaron su talla y la miseria que los contenta y los aflige:
torpes poderes, nomenklaturas y figurancias, y el pavor de su pérdida.
Y, si no te lo crees, mira en torno, o al espejo.)
Y entonces --continúa Callinicos-- 'posmodernidad' es simple mote de algo
que sucede apenas en la superestructura ideal, en el burbujeo de "la espuma
de los días". O peor (porque en el cielo de la idea también ocurren cosas
potentes: elegantes teoremas, versos como cuchillos, formas magníficas,
etc., y no es el caso), peor: 'posmodernidad' fue el rótulo de un percance
verbal e ínfimo que tuvo lugar en la zona de la idea más aérea y más lejana
de la base de materia sólida, y la más inoperante y sin regreso al suelo
de lo real.
(Incidentalmente, pero tocante al caso: es ley de hierro de las historias
y las biografías que en la medida en que flojea el texto del libreto de
una vida --y siempre acaba por flojear y por repetir los chistes--, cobran
grande interés el decorado y el atrezzo, y se le da mucha pompa y circunstancia
al hecho de que se elijan volutas y polirrizos en vez de racionales rectas
desnudas, o viceversa, e così via.)
A la objeción de Callinicos --que no hay ni hubo tal novedad posmoderna,
a no ser en la rala estratosfera de la idea-- cabe oponer que la suya
es tacha genérica y que le conviene al todo y a las partes del ajetreo
humano. Porque los hombres, salvo rarezas, no pisan nunca el suelo firme
del ahí afuera real, sino que --menos de acuerdo con Marx que con Weber--
caminan sobre el flato y el colchón de aire de la idea. De modo que lo
irreal es lo efectivo --en alemán quedaría más visual el oxímoron, y como
con más pedigrí e ínfulas de verdad honda: Das Unwirkliche ist das
Wirkliche--. Y hasta tal punto lo irreal es efectivo que mueve montañas
y hace sangre (da grima poner ejemplos).
El reparo es más fuerte cuando añade Callinicos que ese mundo que (no)
viene, a mayores de irreal, ocupa un área de la idea muy menor y periférica,
y que es, no más, como la cháchara inane de aquellas tres señoritas inglesas
de García-Miguel --mises viejas que somos, no mires más lejos--, las cuales
tres, en su reducto acolchado, que se aja, toman té a sorbitos mientras
afuera truena y caen chuzos de punta.
[¿Qué será eso que
se agita afuera y que se hace por no oír? García-Miguel lo llama "murmullo
inquietante" y trajín tórrido, y "abyectos chirridos que la monstruosa
máquina emite en su funcionamiento sin pausas". Lo más sencillo es interpretar
que se trata de nativos hostiles, de merienda de negros --valga la inconveniencia
(3)--, o de negros que reclaman su
merienda. Si el afuera se comprende como 'afueras' --periferia, suburbio--,
entonces todo cuadra y el referente conocido tranquiliza ("ah, era eso"),
y los corazones anchos y sangrantes dirán: "pues que pasen". Pero no (pero
sí a que pasen, faltaba más). No: lo que retumba afuera, de ser algo,
será igualmente forastero respecto de lo otro o el otro
que busca y nombra sin tregua la así llamada razón occidental --sólo
ella--, a saber: legión famélica, indígenas con plumas --o más bien desplumados--,
niños yunteros, naturaleza herida, horror-ya-sucedido --mauthausenes y
auschwitzes por paradigma, pero no los eleves a singularidad porque así
les quitas hierro--, mujeres presas en el gineceo o de peores cosas, amores
oblicuos..., cuyo ingreso es justamente lo que al mundo que viene le falta
para acabar de venir como un mundo sin resto (y de ahí que dijera que
ojalá, y que ingresen). Y cuando quiera que ingresen los tales otros
--que ingresarán más temprano que tarde: están en trámites--, no habrá
ya más la apariencia ni la sospecha de un afuera, ni otra cosa que lo
mismo y lo que hay ("es lo que hay", responderán si un rezagado
pide más y mejor, o mejor aunque sea menos), ni, entonces, habrá ya excusa
para la queja por la deficiencia radical del mundo (4)
ni coartada para la tarea de su enmienda (y de ahí que diga, junto al
ojalá, "Dios no lo quiera"). (Nada fácil será, no obstante, integrar en
el mundo que viene el horror-ya-sucedido, y no imagino cómo ni quién o
qué va a desinflar la bola enorme de espanto acumulado, la que nunca estalla
--a veces se cree que sí, que su estallido es inminente y que la grávida
pelota no aguanta ya ni el menor añadido de espanto; y esa falsa creencia
da origen al género apocalíptico, que no escarmienta y es inmune al desmentido
constante de su tesis--. Con todo, a estas alturas es cándido dudar de
la pericia integradora del sistema --o ultrasistema, etc., qué más da--,
de la que dio ya amplias muestras, de modo que ahora mueve a risa aquella
vieja fe rocosa en sus denominadas "contradicciones internas", que lo
arruinarían, y que, muy al revés, resulta que lo engordan y le dan lustre.
No haya, pues, cuidado: procurará un remedio, y mediación con el horror
irreparable y la infinita muerte, o pócimas para el olvido, o archivará
la causa (5) . Otrosí: llamarlo 'afuera'
despista, porque, sea lo que sea, eso que chirría y retumba no es sólo
externo a occidentes y a orientes, no sólo es exterior a lo integrado
y a lo pendiente de integrar, como remoto cielo tonante que a unos y a
otros envolviera. (Tal su imagen clásica, y la recibe y la modula con
arte y ciencia Eugenio Trías. Lo que hay --asegura-- contiene partes tres,
concéntricas: un cerco del aparecer, donde lo consabido, y más
allá un cerco hermético, del que nada diré, y entremedias un limes
impreciso, sin miliarios ni mugas, cuyo carácter transitable negó en su
día la razón con sus buenas razones, y que Trías habilita y adecenta sus
senderos.) Pero no: sea lo que sea, eso no es sólo 'afuera' ni 'afueras',
ni es sólo un último cerco englobante. Es también íntimo y es lo más cercano
a todo y cada cosa, tanto que no hay distancia, dicen, para decirlo ni
pensarlo, y el mero amago de mención o retrato lo ahuyenta, y, por su
parte, el silencio no se manifiesta. La inteligencia melancólico-cínica,
la más volátil, la menos dada a demorarse en psicosociologías del presente
--cuya celebrada claridad interna lo es al precio de la tiniebla en torno--,
aún afirma eso y lo repite como un eco, y, como el eco, poco a poco se
apaga: que hay aún algo otro, otro que los otros al uso (ésos que
ingresan, o pronto, y serán lo mismo), algo siempre a la espalda
de cualquier avance o paso atrás --como la sombra--, y ahora ya sin nombre,
luego de mucho haber dicho "no es esto, no es esto", hasta agotar el repertorio
de aquello que no es. (Quizá un ensayo más: ¿será algo como mineral y
subyacente al vaho de la idea --pero no su contrapuesta materia, que es
simple envés del haz de la idea y cara de su cruz, y va en el lote de
la yunta ideal "idea y materia"--, algo cuyo nombre sin querer se pronuncia
al decir "todo es nada" y que en el ruido de sibilantes y dentales no
se entiende? ¿Es ésa o es así, mineral, subyacente, la "monstruosa máquina"
de la que hablaba García-Miguel? Caso de serlo, su estridencia cesará
tan pronto como el mundo que viene integre lo pendiente de integrar. Y
no porque pierda entonces el carácter de monstruo y máquina, sino por
ajuste fino suyo y lubricado a fondo de sus engranajes, al igual que no
suena, de tan perfecta y tan redonda que va su máquina, la música de las
esferas.) Tal, en cualquier caso, es la postrera fe y grial del pensamiento:
que hay un residuo de lo sagrado ya no desencantable ni secularizable,
y que es lícito postular sin verlo, o precisamente porque no se ve --pero
se siente su fragor bajo los pies y su aliento en la nuca--. (Nótese que
de eso, sea lo que fuere --lo más seguro, nada, paranoias, mal
de altura--, de eso se dice siempre que se escucha: murmullos,
trajín, chirridos; y no sin causa, porque es muy propio de lo Tremendo
el sustraerse a la vista y no tanto al oído, y en lo que toca al oído,
lo sagrado, en vida, fue locuaz aunque ventrílocuo, y muerto sólo retumba,
inarticulado.) Un resto, pues, mortal de lo sagrado, pero que no retiene
ya apenas cosa de la excelencia viva y facunda de la cual es resto --salvo
que así se quiera ver por pereza o por pulsión de servidumbre a lo excelente
(que alcanza a sus cenizas), o por hábito de venerar lo indisponible (más
conviene y procede maldecirlo), y así Heidegger o Derrida, que lo adoran
y se postran--, sino que, bien mirado, lejos de Dios, eso es desastre
y es deficiencia y falla sin nombre, y otro inderogable respecto
de cualquier dispositivo de mismificación. Y cuanto más se diga, más se
aleja y menos se lo entiende, y más parece que es nonada y delirio. ¿No
habrá otro modo de llamarlo a presencia que las palabras que lo ahuyentan?
Puede que sí. Mira en la opuesta página esa imagen de un volumen ilegible
--no fuera por desidia si García-Miguel lo llamara Sin título--.
De nuevo se le puede infligir una clave hermenéutica fácil --como el "tórrido
trajín" y el "murmullo inquietante" se aminoraban hasta merienda de negros
y arrabales del mundo--. Si quieres eso fácil, entonces este objeto-libro
sería la enésima "alegoría de la ilegibilidad", que ya huelen. Pero no,
míralo mejor: es un experimento y una práctica de metafísica --valga o
no la paradoja--, pues hace cosa distinta que el cansino canturrear en
torno de lo otro inderogable: hace cosas. Para dejarlo como está
y que luzca lo que luce, García-Miguel quita muy poco de su libro: extrae
apenas el puro alcaloide del sentido --que no pesa-- y deja todo lo demás,
esto es, deja la escritura --"paralela, enlazada"--, la ilustración, el
gráfico, la tabla numérica, la nota al pie, los largos párrafos netos...
y así página tras página, hasta llenar un libro. Pues bien, el rendimiento
de la operación no es lo que a ti te pasa cuando lo miras, la consabida
decepción de tu expectativa de sentido (que en las mentadas alegorías
de la ilegibilidad debe leerse como decepción extensiva e intensiva y
como rasgo unánime de todo representar, y eso estuvo bien las mil primeras
veces). Ni tampoco rinde lo que no hay: sentido, que se sabe. No,
la ganancia lleva signo más y es indiferente al afecto con que tú la recibas
(eso define a la verdad: que vige aunque nos mate y no deja de serlo si
se la deplora). Vale e importa lo que queda del libro, o en el libro,
tras su pérdida mínima. Y queda, míralo bien, justo aquello mineral, subyacente
--o llámalo x--, el correlato óptico del murmullo inquietante,
la forma visible del desastre cercano, lo patente de la deficiencia radical
que retumbaba afuera. Míralo ahora, ya sin sus finas veladuras de sentido,
delatado, desnudo, por fin compareciente --pero finas y todo, y sin peso
ni espesor, cuánto ocultaban las tales veladuras--. Y lo mejor: no es
mera imagen suya, sino eso en persona, ello mismo, puesto
que García-Miguel obra su experimento sobre la cosa del caso: la escritura.
Nada representa ni alegoriza, es. Pues ¿de qué sería representación o
dónde su término real?: no hay caso. En otro lugar, y con largo aparato
y merodeo, aduje ciertas experiencias en que se mostraría eso mismo que
tan de un golpe entrega García-Miguel. La primera --dije--, una distancia
crítica del libro, suficiente para impedir la lectura y, en consecuencia,
la aparición el sentido, pero no tanta que emerja el objeto-libro y entonces
lo recobre y vuelva en sí. La segunda, el desenfoque, que, indiferente
a la distancia, hace otro tanto. Y, por último, el texto en lengua o alfabeto
extraños, cuya decepción de sentido no es completa, y enseguida se le
achaca a una carencia --remediable-- de la clave. En todos los dichos
casos, eso se muestra fluctuante e inestable, y siempre a punto de recobrar
su envoltura de sentido. Muy al contrario, el objeto-libro de García-Miguel
lo fija y lo estabiliza.]
Pero
resulta que tampoco
es cierto que
la letanía de la posmodernidad --la posmodernidad en tanto que discurso
suyo--, quedara presa en lo más alto de la idea, en esa zona suya inocua
donde ya ni siquiera se la toma por tema (porque obsolesce). No, su jerga
caló y rezumó hacia abajo, hasta los telediarios y los dominicales, y
su aparato conceptual lo maneja sueltamente el midcult --y, como
es lo suyo, lo traduce al modo del malentendido-- y es cielo abierto para
los columnistas, siempre de asuntos faltos. Ítem más y peor: quitando
que no hay un corte tajante entre el mundo y su discurso, y que más bien
ocurre que mutuamente se nutren y carecen de frontera nítida, quitando
eso, el mundo que viene no se reduce a su logomaquia más o menos vulgata
o lúcida. No, sea cual sea su nombre y su data, es espeso, efectivo y
ubicuo (es lo que hay), y sólo abrir la puerta de la calle te abofetea
y te escupe, o te besa, según lo mires.
Un mundo, pues, que viene y que a medias ya está aquí, y que es lo último
en todos los sentidos: es el colmo y el acabóse y el apaga y vámonos,
pero es también rara excelencia final de lo humano y solución de su puzzle.
Y no porque encajen las piezas, que no encajaban desde un principio sino
que faltaban y sobraban piezas y sus perfiles no ajustaban. Y de ahí los
visajes y los violentos escorzos en el largo empeño vano, y a menudo mortífero,
en suplir carencias, corregir excesos y articular fragmentos. (Véase,
si no, el rico acervo de textos e imágenes del hombre, donde se contienen
por extenso los tales torcimientos y muecas; y, especialmente, estos,
de García-Miguel, retablos que ves de rostros, que de intento exhiben
la tensión y el denuedo, y no por vía de ejemplo sino en una fenomenología
suya exhaustiva.) De todo eso ya se descansa, o pronto, en cuanto cesen
sus coletazos --éste, sin ir más lejos--, que a la vez ojalá y Dios no
lo quiera. Y el puzzle se resuelve sin necesidad de mover piezas, y se
le deja ser y estar a su aire, esto es, insuficiente, inconexo y excesivo.
Más aún: ya, o pronto, se descansa también de una mirada total y totalizante,
ésa misma que creyó ver fragmentos y su desajuste; y se dimite de la voz
--más alta que otras-- que prescribía su articulación, y se abdica de
la mano armada que quiso ejecutarla. De aquel ojo panorámico se dice que
alucinaba, y se le recomienda disgregarse en mil ocelos. Y a la voz y
a la mano se les llama violentas y contraproducentes, y se les receta
reposo y conformidad con lo que hay, cuando no reverencia --Gelassenheit,
dicho à la Heiddeger--.
Ahora bien, ese relax universal que se avecina lo será sólo en lo que
atañe al viejo gesto tenso y denodado --visible incluso, a poco que se
rasque, bajo la aparente impavidez de los rostros clásicos: pura pose,
pues la procesión iba por dentro, o, en su forma objetiva, recorría por
fuera el perímetro de las murallas; y si rascas, saldrán los rostros de
García-Miguel--. Pero no habrá descanso, en general, respecto de la mueca
y la contorsión, porque ésas, muy al contrario, y ahora en vacío --no
obedientes ya a tensión ni denuedo--, proliferan en el mundo que viene
y son su signo (vid. la serie Friends, que se tiene por espejo
del mundo y a la vez por pauta suya, en mutuo feedback, o los espots
de Amena, donde se exacerba el meneo hasta pedir palos --o besos--,
o cualquier plano medio de un grupo humano constituido en público).
No diré, sin embargo, que sea el payaso la figura cumplida del hombre
ni aquella rara perfección última. No: sin el fondo de lo grave, que en
el mundo que viene se esfuma, las dichas convulsiones y risas tontas carecen
en absoluto de la dignidad y la pertinencia del payaso. Lo payasesco es
oportuno cuando, y porque, abre una "zona limitada de sentido", una pausa
y negación parcial de lo grave de fondo, cuya gravedad el payaso por un
rato hace risible, y con derecho. En ausencia de tal contraste, ya no
se lo debe llamar, en rigor, 'payasesco', y entonces viene a la boca el
apaga y vámonos, y a la vez el estupendo y que no falte. (Pide nombre
ese estilo convulso. 'Bufo' no le cuadra, porque lo bufo requiere también
un medio que no lo sea, donde resalte, y niegue y desarbole lo serio;
y lo mismo pasa con el esperpento. Jovialidad imbécil --Azúa--
o cultura zombi --Finkielkraut-- se le acercan, aunque no lo pintan
fielmente, puesto que 'zombi' e 'imbécil' son más afines al pasmo que
a la agitación. Y además descuidan su aspecto feliz: que ese bullir frenético
forma parte de un todo sin resto que resulta ser "lo mejor para el hombre".)
Ocurre, además, que al mundo que viene no le falta de nada, de manera
que no contiene sólo contorsión y risa tonta --el mercado huye del monocultivo
y la dialéctica exige antítesis--, sino también su opuesto. A aquel estilo
aún sin nombre --pues no es payaso ni bufo ni esperpento ni imbécil ni
zombi-- se le opone un como énfasis hueco u oquedad enfática y que se
pronuncian con acento entre solemne y amigable.
(Un pálpito: que son señuelo los dichos espasmos y énfasis huecos, y monigotes
demasiado evidentes. Pero, si lo son, si es pelele puesto ahí ex profeso
para aguantar los golpes, tendrá que serlo por astucia anónima de una
razón venida a menos. Porque también se despierta de otra larga ingenuidad:
que hubiera o haya comité secreto o trilateral que conspiran a la luz
de los flexos y que allanan los caminos del mundo venidero. Y no es así
ni hay tales --qué más se quisiera--, sino fuerza de las cosas, ésa que
a ciegas da lugar a figuras complejas --v.g.: tigres--, y a la ilusión
de plan e inteligencia, a los que cabría oponer otros de su especie, y
mejores y más, mientras que a la fuerza de las cosas, ¿qué le opones?)
La verdad, tanto aspaviento se le da una higa a quien no sea un hombre,
o no lo sea full time. Para un extraño -o, mejor, un extrañado,
que reúne perplejidad y exilio respecto del mundo del hombre y respecto
del mundo a secas, y no es, por tanto, ni un completo alien ni un expatriado
que rabia por volver (6)--, para ése,
nada hay más tedioso a estas alturas (desde ellas) que el espectáculo
de los espasmos históricos y biográficos del hombre, siempre maravillado
consigo mismo y siempre absorto en sí, en sí, en sí, y en sus cositas
(y peor ahora que su espasmo y su opuesta gravedad lo son en hueco). (Sólo
más tedioso, quizá, el resto inerte: los tres reinos de la naturaleza
y su clave ya descifrada en lo esencial, que era clave ninguna ni contenía
designio ni enseñanza, sino, también aquí, ciegos azar y fuerza de las
cosas, y ciclos monótonos.) Vale que al hombre --Heidegger-- "le va su
ser en su ser", pero abusa del tema, como el loco y el borracho, y, como
éstos, ya cansa. Hagamos, no obstante, "simulacro de afición y coherencia".
Ese mundo que viene obra milagros: corta el nudo, que nos ahogaba, de
la dialéctica de la ilustración (=la razón que nos salva, ésa misma
nos mata y viceversa, y nubla igual que alumbra), y tercia en la vieja
riña entre naturaleza y cultura y alivia el malestar de la una en la otra.
Y de la otra en la una, pues no menos pedía su alivio un desatendido malestar
de la cultura en la naturaleza, la hartura de un superyó siempre a cuestas
con su bicho autista y su persona hipócrita, y hasta ayer sin atisbo de
zoo ni cotolengo donde internarlos siquiera un rato --y así sobrevolar,
que es lo suyo, sin ese lastre de materia grosera y de conciencia falsa,
la cual, según doctrina, es tara y casi cosa--. De modo que los hombres,
por vez primera en su historia, desde que la hay, desde el neolítico,
pueden reconocerse en el mundo que construyen y decir de corazón "es nuestro
mundo", y agora va de verdade, y no será ya más un mundo ancho
ni ajeno.
Nótese lo insólito: no hay, como solía, solución, ni mediación que acabe
en síntesis. No hay filosofía, y más le vale, en el adviento de un mundo
en que los hombres al fin se reconocen. El malestar se alivia, no se cura
de raíz, y los nudos que nos ahogaban se cortan, no se sueltan, y en las
riñas intestinas no se media, se tercia. Ni ése que viene será un mundo
propiamente construido, deliberado --tipo Marx o Platón o el reino de
mil años del Cristo o el rancho autárquico de Unabomber--, sino que sale
solo y brota de su suelo sin arquitecto ni planos ni chirrido de radiales
ni derribo del mundo viejo; ni los hombres podrían cantar su hosanna sin
espantarlo, ni comprenderlo sin impedirlo.
Otro portento aún. Hasta ayer ocurría que el propuesto sujeto del cambio
histórico hablaba siempre con voz ajena, con esa misma voz que lo elegía
sujeto (tomando como criterio su indigencia, fuerte indicio de su veracidad),
pero al menos era voz adepta, tiffosa de su elección. Pues bien,
en el mundo que viene sucede que ya no, que sigue siendo ajena la voz
que denomina al inminente sujeto de la historia: el público, pero
ya no lo ama, ni podría. Ya no es fan suya ni su secuaz, ni avanzadilla
de los hombres. Como Grant y Hepburn en La fiera de mi niña, esa
voz canta ahora: "todo te lo puedo dar, menos el amor, beibi". El público
no es masa ni individuo sino un poco de cada -según qué propiedad le midas--,
y reúne para bien lo peor de una y otro, y es menesteroso solamente de
reconocimiento, que cuesta dárselo, sed magis amica veritas. De
lo demás, nada le falta, tiene de todo, gracias a Dios.
Y luego de nombrarlo sujeto final de la historia y auténtico ultrahombre
(por solo amor a la verdad), lo mejor que haría la voz que lo designa
es caerse muerta. O, con menos tragedia, debería pedir cisma y que se
le ceda en usufructo Chipre o Java u otra isla metafórica tamaña, que
ahí cabe y sobra, y dejar el resto para zoo del bicho autista y cotolengo
de la persona hipócrita. Y a eso vamos.
Viene, pues, o va viniendo, el tiempo del cumplimiento de todas las promesas.
Pero todas: el mundo que viene paga, o pronto pagará, cada palabra dada
y puesta y sus contrarias, y socorre a la vez cada demanda del hombre
y su antípoda. Y el que diga que sí pero que paga con moneda falsa, ése
es, en el sentido técnico aquél --¿te acuerdas?--, reaccionario, y es
rana que pide rey real, no rey pasmarote (una conquista que nadie negará),
o, peor, pide que se le nombre rey sangriento de las ranas, y lo digo
sin retranca, o la mínima. Mas no ha de haber cuidado, porque también
al reticente el mundo que viene le abre hueco y le da cuartelillo. Si
se le deja acabar de venir, si no se prefiere que persista el pimpampún
presente y pasado, en el mundo que viene cabe todo (es perfecto y sin
resto). Hasta dará cancha y hará justicia a lo que en apariencia lo destruye
como tal recipiente de todo y cada cosa: el apetito de esta o aquella
pureza y el empeño periódico en volver al comienzo, ésos que reducirían
lo complejo a lo simple, y, lo más a menudo, a estacazos, si escaparan
de su texto (o su lienzo, etc.), que hubo casos.
[Pero
en el mundo que viene ya nada escapa de su texto o su lienzo, puesto que
el mundo mismo cobra forma de hipertexto e hiperlienzo. Y será desmesura,
hýbris, o demencia --aunque bienvenidas, para que no falten--, el
apetito de un obrar la escritura, al modo de la ley, efectos sobre el
mundo. O, más exactamente, a la manera de la sentencia, por cuanto la
sentencia presupone a la ley y encima no es abstracta, sino que versa
sobre el caso, y no sólo lo comprende sino que además lo juzga: dice "bien"
o "mal", pero con mil gradaciones, garantías y matices --aunque la parte
dispositiva sea tajante--. Y el tribunal que la dicta es mero médium de
la justicia y no te cuenta su batalla ni "a mí me pasa tal o cual" o "me
duele esto o lo otro"; que las primeras veces agrada --por lo de la comunión
de las almas-- y a la enésima enfada. (Es por ese déjà vu del "me
duele" o "me pasa", por lo que a cierta edad ya no más se leen novelas,
ni apenas poemas, ni se ven películas ni se frecuentan salas.) Y lo mejor:
la sentencia se ejecuta. Todo eso se lo envidian a la sentencia el texto
o el lienzo, etc., y es su modelo y desiderátum. Bien es verdad que lo
envidian y lo imitan los productos del espíritu de un mundo viejo, cuyo
es el estertor, porque en el mundo venidero el texto y el lienzo aceptan
gustosos su condición de ruido de un fondo sin figuras. A este propósito,
diz que Adorno y Horkheimer recelaban, no hace tanto, de la eficacia mundana
de su Dialéctica de la Ilustración, aquélla que nos ahogaba. No
es que temieran lo que solía, y con razón, el funcionario del espíritu
del mundo viejo: que lo suyo quedara en letra muerta y en incremento infinitesimal
del ruido de fondo (eso me temo). No, a Horkheimer y a Adorno les inquietaba
--qué tiempos-- justamente lo contrario: que su texto tuviera efectos.
Y no efectos cualesquiera sino uno espantoso, semejante al que provocaría
el doctor de la Iglesia que revelara el secreto que juró guardar --y que
su colegio conoce y calla de antiguo--, a saber, que es Dios el fundamento
y el promotor del mal, no menos que del bien. Imagínate los motines. Y
así fue que Adorno y Horkheimer, doctores de su iglesia de un lógos
que salva, dosificaron con cautela su Dialéctica y la probaron primero
en cobayas. Pues era en todo afín su revelación, si no la misma: que el
microbio del horror infecta la manzana del conocimiento, y que si muerdes
la una, comes también del otro y lo asimilas. (Muestra y prueba de esa
infección es la envidia que el texto siente por la ejecutividad de la
sentencia, a cuyo fondo trasparece el perfil del patíbulo y se insinúa
la sonrisa de Pol Pot.) Cuentan de la Grecia preclásica una historieta
que abunda en el temor a la eficacia de un texto que desvele la maca de
lo puro. Un cierto Hípaso --dicen--, de la escuela pitagórica, hizo público
lo inconcebible y escandaloso, algo que podría derribar gobiernos: la
falta de razón entera entre la diagonal de un cuadrado y sus lados. Si
no hay cosmos --cavilaría la chusma--, todo está permitido. Y como
escarmiento por su infidencia, al mentado Hípaso unos aseguran que lo
ahogaron en la mar y otros afirman que, no más, lo expulsaron y erigieron
a su nombre una sugerente tumba vacante. Pero me deslizo hacia el tema
de la deficiencia radical del mundo --que abarca desde lo microfísico
a lo histórico--, y no quiero, aunque sea mi querencia. Yo lo que quiero
ahora es señalar esta pérdida, que lo es del mundo venidero --aunque conserve
su efigie, porque al mundo que viene nada le falta--: el deseo de eficacia
política de los productos del espíritu. Y, a mayores, una moraleja: que
un día se dio por supuesta la permeabilidad de mundo y texto (si no, ¿a
qué los miedos?). Esa suposición impensada obra en la historia larga y
densa del acallamiento de los textos. Lo peligroso está siempre por decir,
y la mordaza, contra su propósito, agranda el poder de lo que acalla.
Lo silenciado prospera y embellece mientras que lo difundido decae y se
diluye y enseña su grieta y su traqueteo, su carácter irremediable y etimológicamente
hipócrita y obsceno. Y en el mundo que viene, la citada permeabilidad
se impide por medio de su astuto cumplimiento total, hasta las heces:
no hay límite ya entre el mundo y el texto, y la eficacia política de
los productos del espíritu es a un tiempo toda y nula --prueba de fuego
y experimentum crucis: donde quiera que aún se silencien textos
o se tachen lienzos, ese mundo que viene está por venir--.]
Aquella copresencia
de todo y cada cosa resulta fácil de articular cuando se trata de elementos
cuya variedad es de suyo compatible, por ejemplo, coros y danzas, guisos,
brebajes, tocados, vestes..., o la casuística ilimitada, pero finita,
del quién y cómo mete qué dónde (de la que se hacen lenguas). En ese caso,
la coexistencia pacífica de lo múltiple es sencilla, pues en nada ofende,
que se sepa, el sake a la vodka o el fez a la montera, ni mutuamente se
estorban, y, si se tercia, se superponen o se mezclan en cóctel, etc.
Cosa distinta es juntar lo pugnaz, y ahí muestra su genio el mundo venidero
y es lo nunca visto desde el neolítico: el ingrediente fiero, por paradigma
la muerte, pierde su aguijón negador, aunque de manera que nunca parezca
que lo pierde (y nadie deja de cooperar en ese disimulo honesto, porque
interesa mucho satisfacer la insaciable ontofilia del hombre con perfectos
sucedáneos). Todo está, sí, o está al caer que todo esté, pero, si no
fuera manso e indiferente, estará en efigie, venido a menos, parquetematizado,
malentendido por tu bien, diluido entre el mar de otras fierezas, etiquetado
en vistas a su exhibición (7).
Y no te creas que va a ser un mundo sólo afirmativo a lo bobo, porque
entonces dejaría de contener la negación, siendo así que es requisito
de su tipo ideal el que nada le falte. No, el mundo que viene, y que a
medias ya está aquí, también niega, rechaza y refuta, pero lo hace al
estilo hermenéutico, que acoge piadosamente lo negado e inflige paréntesis
a lo negativo, y con eso basta, y lo negado vige y lo negador ya no es
violento. Y es bueno que así sea, o que llegue a ser, y lo digo sin rastro
de ironía (8), ya que es el precio,
muy módico, del ahorro de sangre.
Y no sólo el ingrediente del mundo se amortigua. También va a menos la
estructura, el sistema anónimo que organiza y distribuye ingredientes.
(Sostuve una vez lo contrario, pero me arrepiento y reconozco que no decía
bien cuando dije que el Gran Leviatán se hace más tonto y cruel
a medida que se expande --me equivocaba a medias--.) No: en el mundo que
viene las fuerzas del orden tienden a su bobbización, a su desarme.
Y eso va a más: a la recia porra que relevó al trabuco, la sustituye a
su vez un periódico enrollado, cuyo golpe te ridiculiza pero no quiebra
dientes ni deja moratón. (Por eso no es extraño que estos lienzos, tablas,
bustos y artefactos de García-Miguel, delincuentes, vengan del brazo de
la policía y se exhiban en su cuartelillo.)
[Un peligro. ¿A ese mundo que viene -y viene sin trompeteo
ni signos ni ruina del mundo viejo-- lo estorbará quizá la conciencia
de su venida, lo mismo que la conciencia histórica interfiere, dicen,
en la historia, o que el ojo molesta al electrón y no le deja ser el que
es? Uno que sabe de esto me asegura que sí, que el estar viniendo insidioso
de un mundo al fin de los hombres, ese adviento, requiere para su éxito
algo que ya tiene, o que va ganando: una conciencia de sí rebajada, y
rebajada de dos modos -explica--: dudosa y como en sueños si es conciencia
amplia que lo mira como un todo, y harto estrecha --es decir, política
y mediática, valga la redundancia-- si es conciencia clara y distinta,
ésa que cuanto más enfoca, más zona en sombras deja en torno. Para que
venga --que ya viene--, el ojo que lo ve venir no ha de ser aquél ciclópeo,
panorámico, de un Hegel. Ése lo espantaría, y encima diría al verlo, y
lo diría con su lengua izquierda: "¿Dónde vas, birria. Ahora mismo te
enmiendo con arreglo a la idea." Y entonces correría la sangre, y vuelta
a empezar, y ya es aburrimiento más que horror. No. Deja --dice-- venir
en paz a un mundo en que los hombres al fin se reconocen. Más valiera
ojo ninguno, pero, si tiene que haberlo (pues al mundo que viene no le
falta de nada), que sea un ojo del tipo del ocelo, que se fija mucho en
lo poco y la imagen que da del conjunto es puntillista e inarticulada
--se hace el loco cuando le advierto que no es exactamente así en términos
entomológicos; y es lo que pasa con las alegorías, que rara vez encajan
punto por punto--. Cuando es clara y distinta a la vez que grandiosa,
a la conciencia del mundo le ocurre que expropia de raíz el mundo del
que es conciencia, e infinitamente más lo expropia que lo expropiaban
aquellos procesos de enajenación que delataron los marxismos. Es ley de
hierro que la mención impide el uso y que la conciencia
ardiente de x, fatalmente petrifica a x, o, por lo poco,
lo desnaturaliza. (Así pasa en lo concreto con la novela o el cine o la
exhibición del arte: que si se ven las manos grasientas y sudorosas que
mueven los hilos, si las carcasas se hacen transparentes y manifiesto
su engranaje, si las máscaras traslucen los feos rostros ávidos que ocultan,
entonces ya no es dado el vivir novelas ni películas ni arte. Y la reacción
suele ser desmedida: se reclama uno del látigo del Cristo o de la checa
de los soviets --y el rostro de Stalin se dulcifica--. Pero esa furia
y esa pulsión de simplicidad, que lo es de muerte, son cosas antiguas,
es decir, modernas, peculiares de un tiempo ido, o en fuga, en que los
hombres aún no se reconocen en su mundo. Y el mundo que viene ofrece medios
sucedáneos en que esa furia vige sin daño --verbi gratia--.) Sin
evangelio, que lo estropearía, resulta que el mundo ya es de los hombres,
o está al caer que lo sea, y lo es o lo será justamente en la medida en
que se amortigua su conciencia. El busto parlante de Hegel dirá, ahora
con su lengua derecha, que ese mundo que viene es lo que hay, y
que ya que es, que sea, que por algo será, y lo que está de Dios tiene
mucha fuerza (la fuerza de las cosas).]
No le falta de nada
y, por lo tanto, una moral --como penacho-- no le falta, y recientemente
la redacta el citado Trías (9). Una
moral curiosa que no precede sino que sigue y sanciona a ese mundo que
va viniendo, pues su imperativo categórico reza lo que los hombres ya
hacen sin saber que es moral: "sé el que eres" (quitando que
alguna vez eso lo dijera Píndaro), algo que ya lo barruntaban el telefilme
y la página de autoayuda del dominical: "sé tú mismo". Se objetará que
no es exactamente así, moralización a posteriori, lo que propone
Trías, sino un "ser el que se es" verdaderamente --en su caso la
verdad es "ser limítrofe"-- y un sobreponerse, entonces, a los modos de
ser impropios --pero ya señaló Heidegger que el ser impropio del hombre
es lo suyo y tan originario como el ser auténtico--. ¿Quién dice esa verdad
de lo que se es? ¿Es otra vez la voz que nombra sujetos de la historia,
la inteligencia melancólica? Ésa tuvo su momento y diseñó para el hombre
un proyecto monstruoso: ser más y mejor de lo que ya se es, no dar por
válido lo dado ni tenerlo por don, sino por deficiente de raíz y agitado
de "tórridos trajines". No, en el mundo que viene, la voz que enuncia
"ideas del hombre", seguirá a su bola --para que nada falte, y tiene su
mercado--, pero ya inocua. Si un mundo maravilloso viene, y a medias ya
está aquí, y lo digo en serio, es justo porque los hombres son lo que
son y lo muestran a las claras cuando nada se lo impide, ni les obliga
--pensar que sí consuela-- trilateral ninguna ni comité en la sombra.
Ahora bien, ¿por que me voy tan lejos, nada menos que hasta el fin de
la historia, para prender en una red de palabras esas tablas y lienzos,
bustos, y artefactos, de García-Miguel? Porque cualquier glosa suya pide
la apertura de un espacio amplio. O, más que amplio, total: esta obra
se ejecuta desde una conciencia y un afecto de la totalidad, y a despecho,
y bajo la lucidez melancólica, de que eso --el ojo panorámico-- conduce
sin remedio a aporías en el lógos --se sabe al menos desde Kant
y se recela de siempre-- y en el mundo a violencias (a un mantenimiento
en animación suspendida del "estado de horror" y el jeu-de-massacre
del que el mundo que viene va saliendo --en serio--, y que es así por
más que el cíclope del caso pretenda exactamente lo contrario; tal la
tesis, y el dato, del efecto pernicioso y la "contraproducencia" de las
miradas totales y totalizantes, y el prestigio paralelo del "alcance medio"
--y eso se aplica incluso a los misiles, y, por supuesto, al arte--).
Habilitar, entonces, la madriguera del "mundo del arte" como su hall
de acogida, sería omitir la parte mayor y mejor de esta obra, y no
digamos si la tarea exegética se redujera a calcular sus coordenadas en
la nadería tiránica de las microtendencias y sus décadas. O sea, que el
ir tan lejos y el abrir tamaño espacio no es extravagancia del exégeta
sino exigencia de la amplitud y el vigor de aquello que es su tema.
Más aún: la obra de García-Miguel es plástica sólo por accidente y avatar
biográfico, y eso significa, contra el dogma de la inconmensurabilidad
de todo con todo, que contiene elementos cuasi-traducibles al afuera de
la plástica --aunque no, sobra decirlo, en el modo unívoco de las toscas
alegorías de un arte engagé-- y es, por lo tanto, obra política
--si al término se le pudiera devolver algo de lo noble que perdió--,
y no consiste en meros color y forma autistas. Que no sea esencialmente
obra plástica, sino de paso, quiere decir también que no está absorta
en el gesto autoalusivo que paraliza al arte (al mejor arte): la exhibición
ad nauseam de su propia imposibilidad (al peor arte ni siquiera
eso lo detiene, sino que, cínico o ingenuo, e hiperactivo, comete su imposibilidad
sin inmutarse ni mostrarla). No digo que García-Miguel desconozca u olvide
el dato de la imposibilidad de su práctica --casos extremos de tal ignorancia
serían el kitsch y el pompier, y el arte aterido o friolento--,
sino que, muy al revés, afirmo que ese dato lo conserva y lo supera, pero
de modo que no viene inscrito en el lienzo ni se traslada a la tabla o
a la talla. Y si en su obra hay, por ejemplo, "pintura", que la hay, no
es, desde luego, en el modo del "retorno a la pintura"; y si hay, que
también, "figura", no lo es a la manera de ninguna neopost o postneo-figuración.
Es urgente dar por ya dicha y hecha la representación de la imposibilidad
de la representación (y, más que imposibilidad, indecencia). Insistir
es cansancio y simulacro; y desconocerla, quizá crimen, y, en cualquier
caso, connivencia. García-Miguel abre al respecto una tercera vía, o ni
siquiera, pues no ocupa un punto ecléctico entre extremos ni supone arrepentimiento
o vuelta al orden, sino que se sitúa (olímpica o quínicamente)
fuera del eje, y eso lo puede en la medida en que su obra es plástica
sólo por accidente, e igual podría no serlo, y no está preso de esa zona
limitada de sentido, o mundillo. (Metáfora deliberada de su desbordamiento
del ámbito de la plástica es el exceder las manchas de color al lienzo,
un rebosar por el borde que García-Miguel deja a la vista mediante cierto
artificio. Es un señalamiento irónico de lo peripuesto y afectado de la
"ventana" pictórica y un aviso del "haber más" en el mundo. Y, ya no como
metáfora, García-Miguel no le consiente a sus piezas que cobren aura ni
pidan fanfarria, sino que, a la mínima, viene el bastidor a estantería
y el lienzo va a trapo, o la tabla, por su parte limpia --no estropeada--,
a repisa.)
Esta obra se ejecuta
desde una inteligencia melancólica que entabla relaciones complejas, no
automáticas, con sus derivas cínicas, quínicas e irónicas. Hay
ironía, incluso en abundancia, en esos lienzos con figuras y desfiguraciones
superpuestas --un non finito tampoco inscrito ni amanerado--, y
en esos retablos de rostros que desnudan adrede las viejas tensiones y
denuedos del hombre. Y, tanta o más, hay ironía en los volardos,
que, ésos sí, alegorizan, y no traen a presencia --no podrían--, el batir
de alas y los "murmullos inquietantes" que retumban bajo la analgésica
costra de sentido de los mundos de vida. Y hay, por fin, mucha ironía,
hasta causticidad y agresión --sobre chivo expiatorio u objeto sustituto,
y por algo fetiches--, en sus potentísimas tallas. Pero la ironía
de García-Miguel es la condición de posibilidad del haber algo (obra)
--y no, más bien, nada--, después de la conciencia terminante de la nulidad
de todo, cuyo corolario lógico-práctico sería el silencio. Una ironía,
entonces, metafísica y no mundana, esto es, no oriunda de impotencias
respecto de relaciones de poder en que el poder se sufre, ni procedente
de cinismos en relaciones de poder en que el poder se ejerce. (Un concreto
malestar en la cultura, del nuevo régimen acá, consiste en la conciencia,
más o menos clara y distinta, de la radical ilegitimidad del poder, de
su procedencia no de lo alto, divina, sino originario de un siniestro
engranaje, mineral, subyacente, que la cultura juró abolir y no quiso
o no pudo. Bajo tal conciencia, el poder sólo se soporta con ironía mundana,
con reticencias gárrulas, y sólo se detenta con cinismo. En el arte relativamente
reciente hay correlatos: el pop, objetivamente, sólo podría ser cínico
--y Claes Oldenburg su paroxismo--, y el conceptual, sólo irónico-mundano.)
La ironía de García-Miguel, lejos de todo eso, es ironía quínica, ironía
"en serio", periférica del mundo, sin chiste ni "buen rollo" ni guiño
cómplice, y tal quiere decir que un punto menos y sería silencio (10).
Lucidez y melancolía,
y, en consecuencia, no hay en la obra de García-Miguel meneo de la cola
ni deseo de inscripción en el campo sospechoso de un arte que ya no es
río sucesivo --hacia mejor-- sino atascadero y marisma, y marasmo, de
co-presencias de todo con todo, y principalmente de lo falso con lo falso;
ni hay deseo de fusión de este arte y esta vida insuficiente (pero perfecta).
No hay deseo de inscripción ni de cuota a la "estetización difusa", ni
tal vez aptitud --salvo en el modo del malentendido--, porque ocurre que
en su obra se comprenden --en un sentido casi conjuntista-- los instrumentos
de exégesis que deberían comprenderla. Tampoco hay expresión de un yo
inflacionario y autoindulgente ("genial"), ése que la melancolía y la
lucidez proscriben; pero sí expresionismo, de aquel primero, nórdico,
hijo de la misma conciencia infeliz y de idéntico dato: la falla radical
del mundo y su cielo bajo amenazante. Y si lo hay, expresionismo, es más
como consecuencia de compartidas premisas que por deuda suya de la tradición.
Inteligencia y lucidez
porque hace al menos un siglo que ésas le resultan del todo necesarias
al artista plástico. Fueron precisas, lucidez e inteligencia, para las
rupturas más o menos tajantes con la mímesis, y lo son en cualquier grado
o modo de conservación de la figura. En efecto, cuando la inteligencia
y la potencia del material simbólico las traían, de fuera, mitología y
religión (11), al artista le bastaban
su pericia técnica, su astucia organizativa del material recibido y una
eficaz maniera, todo ello compatible con la más completa inopia
respecto del mundo en totalidad. Pero hace tiempo, más de un siglo, que
el imaginario es también de la incumbencia del artista, y en ese punto
hay derroche en la obra de García-Miguel, e incluso un ápice de alarde
y de ir sobrado, como si faltaran lienzo y más madera.
Ahí cesa y topa con
su límite lo que Barthes llama studium (12),
esto es, lo que en la lectura de una pieza de arte es contexto libresco
y luz de un ojo educado que suministra materiales a una boca que vomita
referencias cruzadas y cita textos e infla el globo hermenéutico. Para
aludir, sin embargo, a lo otro del studium, a lo que Barthes denomina
punctum --lo que en la obra pincha o punza y duele--, las palabras
son lerdas. Sólo saben decir "mira ahí, mira esto", o tienen que abusar
de las muy vagas "fuerza" y "potencia" (hágase su recuento en las reseñas
críticas, en la parte menor en que no ubican a una obra en su década).
Bajo tal aprensión y en cuanto al punctum de esta obra, sólo queda,
pues, el recurso de balbucir la extrema "fuerza" de las imágenes de García-Miguel,
enunciar la "felicidad" --otra imprecisión a que obliga lo indecible del
punctum-- de esas formas que penetran antes por las puertas de la
memoria que por las propiamente perceptivas --seguro indicio de su carácter
"clásico"--, de modo que al tiempo que se contemplan, se recuerdan. En
sus grandes lienzos García-Miguel enseña con grave ironía quínica
algo como sexual y apremiante --no erótico y confuso sino genital y explícito:
"el lugar en cuestión"-- a que aludieron, más en broma, los volardos.
También ahí, y también por vía irónica, García Miguel excusa al ojo de
su función atávica de adivinar formas ocultas entre las espesuras --fieras
o presas-- y es él mismo quien las recorta y las subraya todas, y más
que hubiera. Y es siempre una figura humana la materia prima de la dicha
disgregación y el soporte de cada irónico jardín de las delicias (13)
--una figura que en su prole de imágenes casi se pierde
y cuesta verla-- . Y esa insistencia en la figura del hombre (rostros,
cabezas, bustos, torsos, enteros cuerpos) oscila entre el señalamiento
de una condena y el de una urgencia, o ambas. Pero es en las tallas en
madera --adornadas y heridas-- de cabezas y bustos, donde se hace más
evidente el punctum de la obra de García-Miguel, y más punzante.
Ahí se agudizan y se derrochan las mentadas fuerzas, potencias, energías
y felicidades, y dan menos pábulo a un studium.
Dilema viejo: que
el cuerpo pide el debido eco para esta obra. Pero el seso --en la medida
en que no es cuerpo-- responde que o lo uno o lo otro: que si obtuviera
el eco que pide el cuerpo, no sería esta obra lo que es o tendría su eco
en el modo del malentendido, y su eficacia sería la propia de ese mundo
que viene y que medias ya esta aquí, esto es, nula y toda.
Notas:
(1)
¿Será el terminante "todo es nada" simple melancolía, en pie de igualdad,
entonces, con sus opuestas euforia y plenitud del mundo? Veamos que no
y que la nulidad de todo se saca de un frío cálculo, o tibio: el regreso
de Descartes hacia la última evidencia del cogito sum, que lo es
en blanco y negro, se puede colorear de afectos y valores (como en su
cuaderno de tareas le pinta el párvulo plumas azules al guacamayo). Es
sencillo: a la vez que se va apartando lo dudoso y lo dudable --tal Descartes--,
se elimina lo nulo y sin valor, la bagatela (y en el orden de cosas del
discurso, se aparta a un lado todo lo que Borges, a propósito de Gracián,
llama "sombras y errores" y "laboriosa nadería", cuya curiosidad es que
no se puede mentar sin cometerlo). Pues bien, el rédito final, junto al
pálido sum, es la citada nulidad de todo, la cual, con esa garantía
metódica, deja de ser ocurrencia y humor sombrío, y gana la condición
de dato inconcuso. (volver
al texto)
(2) CALLINICOS, ALEX, Against postmodernism,
New York, San Martin's Press, 1990.(volver
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(3)
Al respecto es inexcusable el opúsculo de MENDIRI, MANUEL: Instrucciones
para mirar a un negro (válidas así mismo para el negro), Lima, Ediciones
de la Pentápolis, colección "Somorritas", 1998. (volver
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(4)
Esa queja irrita a los paladines de lo que hay, y alegan, con los estoicos,
que si el mundo es cárcel o campo de exterminio --y poco habrá más evidente--,
resulta que sus puertas están abiertas y expedita la salida. Pero no es
verdad ni es tan simple, porque los hombres --en la imagen los cautivos--
no lo son de una pieza sino malcosido de fragmentos, de manera que la
potencia del alma que percibe y delata la falla radical del mundo, y sugiere
la fuga --o propone devolver el golpe--, es distinta y discrepante del
animal en que habita. Éste padece, respecto al mundo que lo secuestra
y lo martiriza, un como síndrome de Estocolmo: agradece cada miga de placer
o belleza que se le arroja y cada tregua en su tortura. Además, ocurre
que los dichos campeones de lo que hay suelen no ser buenos testigos,
pues incorporan en el Lager del mundo el papel del Kapo,
el recluso de confianza, el protegido --la protekcja (Levi)--,
menos sujeto que el común al rigor del presidio y a menudo soplón y viceverdugo.(volver
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(5)
Aún menos fácil resultará que ingrese la naturaleza herida, y ni siquiera
es seguro que suceda --como era el caso, o pronto, para el resto de los
otros--. Y será difícil porque su ingreso no es funcional sino que exige
un embridar la fuerza de las cosas y pide alguna excepción a las consignas
del "sale solo" y el "va a su aire", y una mirada panorámica y un adueñarse
de lo así visto, todo lo cual disuena del runrún de ese mundo que va viniendo.
Y si se entremeten las dichas cuñas, puede que nunca acabe de venir (en
el adueñarse y el hacerse cargo, todo es empezar). Pero ésta es la ventaja:
que si al final ocurre que la naturaleza no se integra y su herida es
de muerte, entonces no hay más que hablar.(volver
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(6)
Uno que se muere por volver a la melée del mundo humano
es el Zaratustra-Nietzsche, y se le nota aunque lo disimule. Suena a excusa
no pedida ese parágrafo primero del prólogo donde se perdona a sí mismo
por la inminente rotura de un retiro y un silencio santos, largos ya --dice--
diez años (detrás de su su silencio y su retiro laten, se sabe, algunas
miserias biográficas). A tal efecto exculpatorio, qué poco convincente
resulta lo que alega: que ya está ahíto de su propia sabiduría solitaria.
Más bien parece que el bajar del monte al llano de los hombres es algo
cuya fuerza infundada se le impone --porque también fue en falso el ascenso,
fue despecho, no verdadera extrañeza--, y sólo luego busca una coartada:
que colectó mucha miel y se le rebosa de las manos. Y encima hace del
sol precedente y modelo de su claudicación, y así le espeta: "¡Oh, tu,
gran astro! ¿Qué sería de tu dicha sin aquéllos a quienes iluminas?" Pero
al hacerlo yerra, porque el sol, ése sí, alumbra a los hombres con perfecto
desinterés de roca ardiente, y, para todo aquello que da luz, es ejemplo
de indiferencia inalcanzable (aunque la indiferencia mineral, pétrea,
inorgánica --pero ya no iluminante--, es gracia que al final a todos llega,
y sin tener que ganarla). ¿Qué fue a rumiar en los riscos sino cosas y
cositas de los hombres, o sea, cosa suya? (eso se delata después en el
contenido de su prédica). Y no, querido, no: a la montaña se sube a pensar
lo inhumano, lo que no es de los hombres ni va en su provecho (salvo por
accidente o de paso), como así dendritas, estilitas, subdivales... Si
no, mejor te quedas cerca de tu objeto y tu querencia. Pero hay más, y
redondeo de su paso en falso: luego de su periplo, tras el regreso, escaldado,
a las cumbres desiertas, reconoce Nietzsche-Zaratustra una sola falta,
y de nuevo falsa: que a bajar donde los hombres lo movió la compasión
(¡de la que siempre abjuraba!). ¿Por qué no se aplica su propia receta
y admite que lo movió la voluntad de poderío y el deseo loco de "inscripción
en el campo"? Entonces, y en resumen: si no se encuentra en Nietzsche,
¿dónde vas a buscar lucidez sobre los propios resortes? Y lucidez, sobre
todo, en lo que toca a ese momento delicado, el que más: la decisión de
intervenir, la rotura del silencio, cuyo hedor no se elude fácilmente.(volver
al texto)
(7)
Todo está: a medida que las redes naturales pierden nodos y nudos, y se
hacen más ralas y simples, y en consecuencia más frágiles, el entramado
humano deviene más complejo y tupido, y, así, más firme e inmune frente
a rotos locales (que nunca faltan). "El desierto avanza": ya no más sirve
de alegoría de nada que le pase al espíritu objetivo. Muy al revés, florece
lujurioso. "El desierto avanza" ya sólo vale de enunciado groseramente
literal, geográfico (y no es poca la amenaza). La fronda del hombre, por
el contrario, crece, y crece como colonia física del territorio y como
iconosfera, y crece según crecen y mejoran los medios de producción de
mundo humano. Y, en lo que atañe a la iconosfera, crece según crece también,
y esto es lo nuevo, la mano de obra, el número de los hombres libres,
pues qué jungla de signos no criarán mil millones de hombres libres provistos
cada cual de su Photoshop y de su Word, y expedito y practicable un espacio
hiperpúblico donde verter sus productos. Y crece según desaparecen las
viejas herramientas de clareo y cultivo de ese bosque, a saber: se podaba,
y ya no, lo imperito, lo repetido, lo fraudulento, lo feo, lo fofo, lo
falso..., tijeras que van derecho al pozo cuando se toma nota de su violencia
y se cae en la cuenta del interés que esconden so capa de conocimiento.
Entonces, qué pasa: que lo impenetrable del bosque de signos e imágenes
no es obstáculo para su habitación, sino que la hace amena (distraída,
divertida). Ese tumor benigno sólo impide un viejo anhelo doble, que esgrimía
crueles podaderas: la ambición de síntesis y de sentido en lo estructural,
y el hambre de proceso reconocible, y acaso manejable, en lo histórico.
Deja ya eso, dicen, que por su culpa corrió la sangre y encima nos hizo
infelices. Y
en el "todo está" del mundo que viene decae aún otra figura geográfica.
En efecto, no le conviene ya al devenir histórico la venerable metáfora
del río, en el que no te bañas dos veces y el agua pasada no mueve molino.
No. Ahora el río ya afluyó y se remansa en un fangal donde flota todo
lo arrastrado y las aguas son copresentes las unas a las otras y no más
ya se preceden ni se refutan. Y en esa imagen del flotar, no así en el
fluir, se consiente la coexistencia de todo y su contrario.(volver
al texto)
(8)
La inteligencia es melancólica por naturaleza --lo que la define es que
prefiere la conciencia a la gracia, aunque no sin su añoranza--,
y cínica lo es por adaptación al medio. Pero su sesgo cínico vigente le
viene a través de un intermedio irónico. Va de boca en boca entre las
gentes del libro que irónico es el color del ánimo adecuado a este fin
de los tiempos (en un sentido distinto en que lo fue para el romántico).
Antes de caer de la burra camino de Damasco, yo todavía preguntaba: "Oye,
tú, ¿no quedamos, hace veintitantos años, en que la ironía era necesaria
pero insuficiente? ¿No dijimos, negro sobre blanco, que la mera ironía
deja todo como está y encima tranquiliza conciencias por cuanto pertenece
vagamente al campo semántico del reproche, la resistencia y la negación?
¿No anticipábamos --en plena periferia y bajo un mar de caspa y grasa--
conceptos y razones que luego afamaron al tal Sloterdijk? Esto es, que
la ironía, simpliciter, es estrábica y mira con un ojo a lo cínico
y con el otro a lo quínico, y así el irónico aprovecha a la vez
la eficacia mundana de lo cínico y el prestigio desinteresado y harapiento
de lo quínico. ¿Por qué, entonces, ocurre que aún propones la ironía
como el color del ánimo adecuado a los tiempos." Pero éste al que pregunto
sonríe de lado, e irónico responde: "Pues, la verdad, no me acuerdo. Dijimos
tantas cosas..."(volver
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(9)
TRÍAS, EUGENIO, Ética y condición humana, Barcelona, Ediciones
Península, 2000.(volver
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(10)
En el mundo de las artes plásticas, y también en la poesía, se malentiende
a placer ese "ser sólo un punto más que silencio" y se lo toma en el sentido
literal de un adelgazamiento o anemia o palidez o mansedumbre de la obra
("arte cabestro" lo llamó no sé quién, y otro, "literatura aterida").
Pero esas flojeras, más que quiebra por poco del silencio, significan
marchitez de una previa facundia (histórica o biográfica). No: son potencia
y desmesura las que obligan al silencio, y también lo son --fuerza y demasía--
las que lo rompen mínimamente. Algo parecido pasa con la melancolía, cuyo
nombre vengo usando sin avisar de que no hablo de su malentendido tuberculoso
y lacio, sino de la verdadera bilis negra que resuena en sus sílabas.
Así, García-Miguel no vulnera el debido silencio con ningún minimal,
como bien se ve, sino con forzudos abigarramientos polícromos, ni es lánguida
su melancolía.(volver
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(11)
Cierto que, intermitentemente, también la vida cotidiana aporta asunto
al arte, pero ése es un recurso y un mecanismo del gusto (la identificación)
que, por rupestre y archicómplice, a sí mismas se prohíben melancolía
y lucidez.(volver
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(12)
BARTHES, ROLAND, La cámara lúcida, Barcelona, Paidós, 1989.(volver
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(13)
El studium concluirá que viene al pelo La suma de
Borges: "Sobre la cal de una pared que nada / nos veda imaginar como
infinita / un hombre se ha sentado y premedita / trazar con rigurosa pincelada
/ en la blanca pared el mundo entero: /puertas, balanzas, tártaros, jacintos,
/ ángeles, bibliotecas, laberintos, / anclas, Uxmal, el infinito, el cero.
/ Puebla de formas la pared. La suerte, / que de curiosos dones no es
avara, / le permite dar fin a su porfía. / En el preciso instante de la
muerte / descubre que esa vasta algarabía / de líneas es la imagen de
su cara." (volver
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